El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.43
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Pero aparecería algún barco por las proximidades del cabo San Juan?... Y, caso que así sucediera, ¿vería las señales que le hiciesen desde la costa?...
Respecto a su seguridad personal, aunque Kongre sabía la existencia de un tercer torrero. Vázquez no se preocupaba, convencido que sabría sustraerse a las pesquisas.
Lo esencial era saber si podría asegurar su manutención hasta la llegada del «aviso», y se dirigió sin pérdida de tiempo a la caverna.
VIII
LA «MAULE» EN REPARACION
Kongre y sus compañeros se disponían, sin pérdida de momento, a reparar las averías de la goleta, dejándola en disposición para una larga travesía en el Pacífico, después de haber embarcado en ella, lo más pronto posible, toda la carga almacenada en la caverna.
Las reparaciones del casco de la Maule constituían una operación de bastante importancia. Pero Vargas, el carpintero, conocía bien su oficio, y no faltando útiles ni materiales, el trabajo se ejecutaría en buenas condiciones.
En primer lugar, era necesario dejar en seco la goleta; luego, echarla sobre estribor, para que las reparaciones pudieran hacerse al exterior.
La faena era algo pesada, pero tenían por delante todavía dos meses de buen tiempo.
En cuanto al relevo de los torreros, ya sabía Kongre a qué atenerse. En el libro del faro había hallado todo lo que le interesaba conocer: no debiéndose hacer el relevo más que cada tres meses, el aviso Santa Fe no llegaría a la bahía Elgor, antes de los primeros días de marzo, y aun estaban en los últimos de diciembre.
El libro indicaba también los nombres de tres torreros: Moriz, Felipe y Vázquez. Además, las camas indicaban que las habitaciones del faro habían estado ocupadas por tres personas.
Uno de los torreros había podido sustraerse a la muerte. ¿Dónde se había refugiado? Ya sabemos que a Kongre no le preocupaba este detalle. Solo, y sin recursos, el fugitivo habría sucumbido bien pronto a la miseria y al hambre.
No obstante que no escaseaba el tiempo hábil para las reparaciones de la goleta, había que contar con los retrasos posibles, y precisamente desde el principio se debió interrumpir el trabajo apenas comenzado.
La tierra estaba tan desierta como la bahía, sin que la animaran más que los gritos y el vuelo de los millares de pájaros que anidaban entre las rocas.
Hacia las once de la mañana, la chalupa atracó frente a la caverna.
Kongre y Carcante desembarcaron, dejando al cuidado de la barca a dos de sus hombres, y se dirigieron a la caverna, de la que no salieron hasta pasada media hora.
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