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El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.39

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Era, efectivamente, una circunstancia muy grave la extinción del faro, y tendiente a provocar los siniestros, de los que los malhechores podrían aprovecharse todavía durante su escala.
Vázquez, sentado en una roca, reflexionaba todo lo que habla pasado la víspera. Miraba también si la corriente arrastraba los cuerpos de sus infortunados camaradas. No, el reflujo había hecho ya su obra, y los pobres cuerpos dormían ya su eterno sueño en las profundidades del mar.
La situación se le ofrecía en toda su espantosa realidad. ¿Qué podía hacer? Nada; nada más que esperar el regreso del Santa Fe. Pero faltaban todavía dos meses largos para que el «aviso» se presentara en la entrada de la bahía. Aun admitiendo que Vázquez lograse sustraerse a las investigaciones de los criminales, ¿cómo iba a proveer a su subsistencia? Un abrigo lo encontrarla en cualquier parte, puesto que el estío duraría hasta la época del relevo. Pero si hubiese sido en pleno invierno, Vázquez no hubiera podido resistir los rigores de la temperatura, que hacía descender el termómetro a 30 y 40 grados bajo cero. Hubiérase muerto de frío antes que de hambre.
Vázquez se puso inmediatamente en busca de un refugio. Los piratas sabían ya seguramente que eran tres los torreros del faro, y no había duda que tratarían de apoderarse a toda costa del que se les había escapado, y no tardarían en buscarle por los alrededores del cabo San Juan.
Vázquez fue absolutamente dueño de sí; la desesperación no había logrado apoderarse de su bien templado carácter.
Después de algunas pesquisas logró descubrir una estrecha concavidad cerca del ángulo que el acantilado formaba en la playa del cabo San Juan. Una arena fina cubría el suelo, que estaba fuera del alcance de las más altas mareas y no recibía directamente el azote del aire. Vázquez penetró en esta cavidad, donde depositó los objetos que había podido llevar consigo y las escasas provisiones contenidas en el saco. Un arroyo, alimentado por el deshielo, le aseguraba el agua necesaria para apagar la sed.
Vázquez comió un poco para reponer sus fuerzas, y cuando se disponía a salir para observar, oyó ruido a corta distancia. -Son ellos -se dijo. Acercándose a la pared de manera que pudiera ver sin ser visto, miró en dirección a la bahía.
Un bote, tripulado por cuatro hombres, descendía hacia donde él estaba. Dos remaban en proa. Los otros dos, uno de los cuales tenía el timón, iban a popa.


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