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El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.37

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Sin titubear, Vázquez dejó la cámara de cuarto y se precipitó por la escalera en las habitaciones del piso bajo.
No había un instante que perder. Se oía ya el ruido de la chalupa, conduciendo a tierra algunos hombres de la tripulación.
Vázquez tomó dos revólveres, que puso en el cinto; metió algunas provisiones en un saco, que se echó a la espalda; salió del faro, descendió rápidamente por el talud, y sin haber sido advertida desapareció en la oscuridad.

VII

LA CAVERNA
¡Qué horrible noche iba a pasar el desgraciado Vázquez en aquella situación! Sus infortunados camaradas asesinados, arrojados después por la borda, los cadáveres de los cuales arrastraría el reflujo hacia el mar. No pensaba que, si no hubiera estado de guardia en el faro, su suerte hubiera sido la misma. Pensaba únicamente en los amigos que acababa de perder.
-¡Pobre Moriz, pobre Felipe! -decía él-; habían ido a ofrecer, con toda confianza, sus servicios a los miserables que contestaron con tiros de revólver... ¡Ya no les volvería a ver... ya no volverían a contemplar su país ni su familia!... Y la mujer de Moriz, que le esperaba dentro de dos meses, ¡qué horrible dolor cuando supiera su muerte!...
Vázquez estaba aterrado. Era una sincera afección la que experimentaba por sus dos subordinados... ¡Les trataba hacia tantos años! Por sus consejos habían sido destinados al servicio del faro, y ahora se encontraba solo... ¡solo!...
¿Pero de dónde venía aquella goleta y qué tripulación de bandidos llevaba a bordo? ¿Bajo qué pabellón navegaba y por qué aquella escala en la bahía Elgor? ¿Por qué apenas desembarcados habían apagado el faro? ¿Querrían impedir el acceso a la bahía de algún barco que les fuera persiguiendo?
Estas preguntas embargaban el espíritu de Vázquez, sin que pudiera darles contestación. No le importaba el peligro que corría. Y, sin embargo, los malhechores no tardarían en comprobar que en el faro había tres torreros... ¿Se pondrían entonces en busca del tercero? ¿Acabarían por descubrirle?
Desde el lugar donde se había refugiado, a menos de doscientos pasos de la caleta, Vázquez veía moverse las luces de a bordo y los faroles de los bandidos, que iban de un lado a otro por el faro. Hasta oía a aquella gente hablar en alta voz en su propia lengua. ¿Eran, pues, compatriotas, chilenos, peruanos, bolivianos, mexicanos?...
A las diez, aproximadamente, se extinguieron las luces y ningún ruido turbó el silencio de la noche.


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