El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.36
Indice General
|
Volver
Página 36 de 99
Esto era una prueba más que había que repararla con cuidado. En el estado en que estaba, no hubiera podido afrontar los mares del Pacífico sin correr el riesgo de una pérdida cierta.
Serían las seis cuando la Maule se encontró a la entrada de la bahía de Elgor, a milla y media de distancia.
A los pocos momentos, un haz de rayos luminosos se proyectó sobre el mar. El taro acababa de ser encendido, y el primer barco, la marcha del cual iba a alumbrar a través de aquella bahía, era una goleta chilena, caída en manos de una banda de piratas.
Eran ya las siete, y el sol declinaba detrás de los altos picos de la Isla de los Estados, cuando la Maule dejó a estribor el cabo San Juan. La bahía se abría ante ella.
Kongre y Carcante, al pasar por delante de las cavernas, pudieron cerciorarse que sus orificios de entrada no habían sido descubiertos bajo el amontonamiento de piedras y de broza que los obstruía. Encontraban, pues, el producto de sus rapiñas en el mismo estado que lo dejaran.
-Esto va bien -dijo Carcante a Kongre, cerca del cual estaba a proa.
-Y luego irá mejor -respondió Kongre.
Felipe y Moriz prepararon la chalupa para ir a bordo de la goleta.
Vázquez estaba de servicio en la cámara de cuarto.
En el momento en que echaban el ancla, Moriz y Felipe sallaban sobre el puente de la goleta.
Inmediatamente, a una señal de Kongre, el primero recibía un hachazo en la cabeza. Simultáneamente, dos balas de revólver abatían a Felipe al lado de su camarada. En un momento los dos habían caído para no levantarse.
A través de una de las ventanas de la cámara de cuarto, Vázquez había oído los disparos y visto el trágico fin de sus camaradas. Ya sabía la suerte que le esperaba si caía en poder de aquellos criminales. No había que esperar nada de estos asesinos. ¡Pobre Felipe, pobre Moriz!... Nada había podido hacer para salvarlos... Y permanecía allí en lo alto, espantado del horrible crimen tan rápidamente perpetrado.
Después del primer momento de estupor, Vázquez recobró su sangre fría y se dio rápidamente cuenta de la situación. Necesitaba a toda costa no caer en manos de estos miserables. Tal vez ignorarían su existencia, pero era de suponer que una vez terminadas las maniobras de a bordo, algunos de ellos saltarían a tierra y se les ocurriría subir al faro, tal vez con la intención de apagarlo, para hacer la bahía impracticable durante la noche.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-99
|