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El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.35

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Se restableció el velamen; el cabestrante recogió el ancla, y la Maule se puso en marcha.
El cabo Webster se prolonga cuatro o cinco millas en el mar, de norte a sur. La goleta tuvo, pues, que remontar para encontrar la costa, que se desarrolla hacia el este hasta la punta Several, en una longitud de una veintena de millas.
La Maule reanudó su marcha en las mismas condiciones de la víspera, en cuanto encontró aguas apacibles al abrigo de los altos acantilados de la costa.
¡Y qué costa tan espantosa!... Ni una caleta que fuese abordable, ni un banco de arena sobre el que fuera posible poner el pie. Aquellos inabordables macizos, rocosos y negruzcos, eran como el monstruoso parapeto que la Isla de los Estados oponía a las terribles olas procedentes de los parajes antárticos.
La goleta se deslizaba a media vela, a menos de tres millas del litoral. Kongre no conocía esta costa, temiendo, con razón, aproximarse demasiado.
Hacia las diez de la mañana, al llegar a la altura de la bahía Blossom, no pudo, sin embargo, evitar completamente el oleaje. El viento levantaba en el mar algunas olas, que la Maule, gimiendo, recibía de través.
Kongre se puso al timón y se ciñó al viento todo lo posible.
A las cuatro de la tarde, la costa mostraba todo su desenvolvimiento hasta el cabo San Juan.
Al mismo tiempo, detrás de la punta Diegos aparecía la torre del faro del Fin del Mundo, que Kongre veía por primera vez. Con el anteojo de larga vista, encontrado en el camarote del capitán Pailha, pudo distinguir uno de los torreros, que desde la galería del faro observaba el mar. Como aún que no había duda que la Maule daban lo menos tres horas de luz, entraría en el fondeadero antes de anochecer.
Poco le importaba a Kongre que la goleta fuese vista desde el faro. Esto no modificaba en nada sus provectos.
Cuando la Maule estaba a dos millas de la bahía, uno de los tripulantes que había bajado a la bodega subió diciendo que el barco hacía agua.
Efectivamente, el casco se había abierto por la parte resentida por el choque contra la roca; pero solamente en una longitud de algunas pulgadas.
En suma, aquella avería no presentaba ninguna importancia. Retirado el lastre, Vargas consiguió sin ningún trabajo cegar la vía de agua por medio de un tapón de estopa.


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