El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.34
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No se descubría ningún barco de vela ni de vapor, y era casi seguro que la goleta no se cruzaría con ninguna otra embarcación en su corta travesía hasta el cabo San Juan. Kongre decidlo partir. Deseoso ante todo de no fatigar la goleta, exponiéndola a las olas del estrecho, siempre duras en la marea, se decidió a tomar la ruta de la parte meridional de la isla y ganar la bahía de Elgor, doblando los cabos Kempe, Webster, Several y Diegos. Además, la distancia era aproximadamente igual por el sur y por el norte.
Kongre saltó a tierra y se dirigió hacia la caverna, comprobando que no se había olvidado ningún objeto.
Eran poco más de las siete. El reflujo, que comenzaba ya, favorecía la salida de la caleta.
Kongre tenia el timón, en tanto que Garante vigilaba en proa, y la salida se efectuó sin el menor tropiezo.
Los bandidos se dieron cuenta bien pronto que el barco navegaba perfectamente. Seguramente no habría riesgo alguno en aventurarle en los mares del Pacífico, después de dejar a popa las ultimas islas del archipiélago magallánico.
Tal vez se hubiera podido llegar a la bahía de Elgor al anochecer: pero Kongre prefería hacer escala en un punto cualquiera antes que el sol hubiera desaparecido detrás del horizonte.
No forzó, pues, la tela y se contentó con navegar a una media de cinco o seis millas por hora.
Durante la primera jornada, la Maule no encontró ningún barco, y la noche iba a caer cuando echó el ancla al este del cabo Webster, habiendo efectuado próximamente la mitad de su travesía.
Allí se amontonaban enorme rocas y se elevaban los más altos escarpados de la isla. La goleta fondeó a un cable de la costa, en una ensenada cubierta por la punta; un barco no hubiese estado más seguro en un puerto. Si el viento hubiera soplado del sur, la Maule hubiese estado más expuesta en este lugar, donde el mar es tan violento como en el cabo de Hornos cuando lo agitan las tempestades polares.
Pero el tiempo parecía sostenerse con brisa nordeste, y la suerte continuaba favoreciendo los proyectos de Kongre y los suyos.
La noche del 25 al 26 de diciembre fue la más tranquila. El viento, que había caído hacia las diez, se levantó a las cuatro de la madrugada.
Desde las primeras horas del alba, Kongre tomó sus disposiciones para zarpar.
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