El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.32
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Cuando Kongre y sus compañeros supieron a qué atenerse, tremendas maldiciones sucedieron a los hurras con que habían saludado el salvamento de la Maule. ¿Es que la coleta no iba a poder navegar?... ¿Es que no iban a poder abandonar todavía la Isla de los Estados?... Kongre intervino diciendo: -Efectivamente, la avería es grave. En el estado en que está no hay que pretender navegar con la goleta. Hay cientos de millas que recorrer para ganar las islas del Pacifico. Sería correr un gran riesgo. Pero esta avería es reparable, y la repararemos.
-¿Dónde? -preguntó uno de los chilenos, que no ocultaba su inquietud.
-No será aquí -declaró otro de sus compañeros.
-No -contestó Kongre, con resuelto tono-. En la bahía de Elgor.
En cuarenta y ocho horas podría franquear la distancia que le separaba de la bahía. No tenían más que costear el litoral, bien fuera por el norte o por el sur de la isla. En la caverna donde hablan dejado todo lo procedente del pillaje, el carpintero tendría a su disposición la madera y los útiles necesarios para reparar la avería. Si era necesario estar dos, tres semanas allí, permanecerían. El buen tiempo duraría aún dos meses lo menos,
y cuando Kongre y sus compañeros abandonasen la Isla de los Estados, sería a bordo de un barco que ofrecería seguridad completa.
Además, Kongre habla tenido siempre el propósito de pasar algún tiempo en la bahía de Elgor. De ningún modo quería renunciar a los objetos almacenados en la caverna, cuando los trabajos del faro obligaron a la banda a refugiarse en el extremo opuesto dé la isla.
La confianza volvió de nuevo a los espíritus de aquellos bandidos, que hicieron sus preparativos para partir al día siguiente en cuanto subiese la marea.
La presencia de los torreros del faro no era cosa que pudiera inquietar a esta banda de piratas. En pocas palabras Kongre expuso sus proyectos.
-Antes que tuviéramos la suerte de hacer nuestra la goleta -dijo a Garante en cuanto estuvieron solos-, yo estaba decidido a posesionarme de la bahía de Elgor. Mis intenciones no han cambiado; únicamente que, en vez de llegar por el interior de la isla, evitando ser advertidos, llegaremos por mar abiertamente. La goleta irá a fondear en la caleta, se nos recibirá sin recelo... y...
Kongre acabó su pensamiento con un gesto muy significativo.
En verdad que todas las posibilidades de éxito estaban de parte del miserable.
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