El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.30
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¡Con qué impaciencia Kongre y sus compañeros seguían los progresos de la marea!
Poco a poco fueron recobrando la, tranquilidad.
El mar iba subiendo a lo largo de los flancos sin penetrar en el interior. El puente iba tomando su horizontalidad.
-¡No hay vía de agua! -exclamó Carcante.
-¡Mano al cabestrante! -ordenó Kongre.
Los hombres se dispusieron a maniobrar.
Kongre, inclinado sobre la borda, observaba la marea, que subía desde hacía hora y media. Faltaría todavía una media hora para que se desprendiese la popa.
Kongre quiso entonces precipitar la operación, y permaneciendo en la proa gritó:
-¡Virar!
Todos los de la banda empujaron vigorosamente las manivelas, y la goleta se enderezó por completo. Carcante recorrió la cala, asegurando que no había entrado el agua. Era ya seguro que la Maule no había sufrido avería de importancia, y en estas condiciones sería fácil conducirla hasta donde estuviera en seguridad.
Se la cardaría durante la tarde, y al día siguiente estaría en disposición cíe hacerse a la mar. SÍ el tiempo no cambiaba, el viento era favorable a la marcha de la Maule, bien que remontase el estrecho de Lemaire o que siguiera la costa meridional de la Isla de los Estados para ganar el Atlántico.
Poco después de las ocho y media la proa empezó a levantarse. Pero la segunda mitad de la quilla tocaba todavía en la arena.
Kongre y los suyos no dejaban de sentir viva inquietud. El mar no subía más que durante media llora escasa, y era necesario que antes de ese tiempo, la Maule estuviera completamente a flote. Durante dos días la marea iría disminuyendo en intensidad, y no recobraría su máximum hasta pasadas cuarenta y ocho horas.
Había llegado el momento de hacer un supremo esfuerzo. Fácil es imaginarse cuál sería el furor, mejor dicho, la rabia de esta gentuza al considerarse impotentes. ¡Tener bajo sus pies el navío que anhelaban desde largo tiempo, que les aseguraba la libertad, la Impunidad tal vez, y no poderle arrancar del banco de arena!...
Un retraso cualquiera podría constituir un fracaso completo.
Era evidente que la marea empezaba ya a bajar lentamente y que las rocas iban bien pronto a quedar en seco.
Viendo la partida fallida, los hombres lanzaban juramentos formidables, y casi sin aliento, se disponían a renunciar a una empresa que no podía tener éxito.
Kongre corrió hacia ellos, los ojos centellantes, los labios cubiertos de rabiosa espuma.
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