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El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.29

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Ni el capitán Pailha ni ninguno de sus hambres habían podido salvarse, pues no tenían más refugio que el cabo San Bartolomé, y nadie había aparecido por tierra.
La goleta no llevaba cargamento; pero lo importante era que Kongre tuviese un barco a su disposición para dejar la isla con todo su siniestro botín. Kongre dijo a Carcante:
-Vamos a prepararlo todo para levantar la goleta en cuanto tenga suficiente agua bajo la quilla. Es posible que no haya sufrido averías graves.
-Bien pronto lo sabremos -repuso Carcante-, pues la marea empieza a subir. Y entonces, ¿qué haremos, Kongre?
-Conducir la goleta fuera de los arrecifes, al fondo de la caleta de los Pingouins, delante de las cavernas. -¿Y luego? -Luego embarcaremos todo lo que hemos llevado de la bahía de Elgor.
Todos se pusieron al trabajo para no perder la próxima marea, lo que hubiera retardado doce horas el poner a flote la goleta. Era necesario a toda costa que estuviese fondeada en la caleta antes de mediodía. Allí estaría relativamente en seguridad, si el tiempo continuaba en calma.
Primeramente Kongre, ayudado por sus hombres, colocó el ancla fuera del barco, dando toda la extensión de la cadena. Antes que la marea empezase a bajar habría tiempo suficiente de llevarla a la caleta, y antes de mediodía habrían practicado un completo reconocimiento en la cala.
Todas las disposiciones del jefe fueron tan rápidamente ejecutadas, que todo estaba hecho cuando llegó la primera ola. El banco de arena iba a ser recubierto en breve.
Kongre, Carcante y una media docena de compañeros subieron a bordo, en tanto que los otros se retiraban hacia el interior. Ahora sólo había que esperar. Las circunstanciar favorecían los propósitos de Kongre. La brisa ayudaría poner a flote la Maule.
Kongre y los otros se mantenían en la proa, que debía flotar antes que la popa. Si, como se esperaba, no sin razón, la goleta podía girar sobre su talón, la operación se simplificaría notablemente.
El mar iba ganando tierra poco a poco. Ciertos estremecimientos indicaban que el casco sentía la acción de la marea.
Aunque Kongre estaba ya seguro de poder desembarrancar la goleta y ponerla en seguridad en una de las caletas de la bahía Franklin, le preocupaba, no obstante, una eventualidad. ¿Estaría desfondado el casco por la parte que descansaba sobre la arena, y que no había sido posible examinar? Si existía alguna vía de agua, y por ella entraba el mar, no habría más remedio que abandonarla donde estaba, y la primera tempestad acabaría de destruirla.


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