El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.26
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Pero poco importaba la diferencia. Vázquez, Moriz y Felipe no podrían rechazar el ataque de toda la banda, cuya existencia no sospechaban. Les sorprenderían de noche, y bien pronto darían buena cuenta de ellos.
Kongre seria, pues, dueño del faro, y luego se dedicarían a transportar de nuevo todo el material que se llevaron de la caverna de la bahía de Elgor.
Tal era el plan ideado por este temible bandido, y que llevaría a cabo si la suerte le era favorable.
Para completar la fechoría, era preciso que un barco hiciese escala en la bahía, lo cual era probable, porque los navegantes debían ya conocer la existencia del faro. Era lógico esperar que cualquier embarcación, comprometida por el temporal, quisiera refugiarse en aquel punto, en vez de huir a través de un mar embravecido, fuera por el estrecho o por el sur de la isla. Kongre había resuelto que este barco cayera en su poder, pudiendo huir en él a través del Pacífico, asegurando la impunidad de sus crímenes.
Pero era menester que todo esto sucediera antes que el «aviso» estuviera de vuelta en el relevo. Si para aquella época no habían logrado abandonar la isla, se verían obligados nuevamente a refugiarse en el cabo San Bartolomé. Y entonces las circunstancias variarían radicalmente. Cuando el comandante Lafayate conociese la desaparición de los tres torreros, no le cabria duda que habían sido víctimas de un asesinato o de un secuestro, y organizaría una batida por teda la isla, registrando hasta el último rincón.
¿Cómo escapar entonces a la persecución, y cómo poder subsistir si la situación se prolongaba? Si era necesario, el gobierno argentino enviaría otros barcos; y aunque Kongre lograra apoderarse de una embarcación de pescadores -cosa bien improbable-, el estrecho sería vigilado con tanto celo, que sería imposible ganar la Tierra del Fuego.
En la noche del 22, Kongre y Carcante se paseaban hablando, y, siguiendo su costumbre de antiguos marinos, observaban el mar y el cielo.
En el horizonte se elevaban algunas nubes y soplaba una fuerte brisa nordeste.
Eran las seis y media, y la banda se disponía a retirarse a la caverna.
En aquel momento, Kongre dijo: -Carcante, mira allí..., allí..., a través del cabo...
Carcante observó el mar en la dirección indicada.
-¡Oh! No hay duda, es un barco.
Efectivamente; un barco con todo el velamen navegaba a dos millas del cabo de San Bartolomé.
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