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El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.25

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Verdad es que acaso el comandante del «aviso quisiera dar la vuelta a la isla; pero era inadmisible que se decidiera a desembarcar en la costa, erizada de escollos, y, en todo caso, la banda tomaría sus medidas para no ser descubierta.
Esta eventualidad no tuvo lugar, y llegó el mes de diciembre, durante el cual, quedaría el faro definitivamente instalado. Los torreros iban a quedarse solos, y Kongre lo sabría por los primeros destellos que el faro lanzase en las tinieblas.
Durante las últimas semanas, uno de los de la banda se colocaba de noche en observación en una altura, desde la que se podía ver la luz del faro a la distancia de siete u ocho millas, con orden de comunicar lo más rápidamente posible que ya se había encendido.
Carcante fue precisamente quien en la noche del 9 al 10 de diciembre llevó la noticia al cabo San Bartolomé.
-¡Si -exclamó el bandido al unirse con Kongre en la caverna-, el diablo acaba de encender ese maldito faro que el infierno extinga!...
-¡No, no nos hace falta! -repuso Kongre, extendiendo hacia el este su mano amenazadora.
Transcurrieron algunos días, y a principios de la semana siguiente fue cuando Carcante, que cazaba en los alrededores del puerto Parry, hirió a un venado. Como ya se sabe, el animal huyó herido, y vino a caer en el lugar donde Moriz le encontró. A partir de este día, Vázquez y sus camaradas, convencidos que no eran los únicos habitantes de la isla, vigilaron más cuidadosamente los alrededores de la bahía de Elgor.
Llegó el momento en que Kongre se decidió a abandonar su madriguera para trasladarse al cabo San Juan. Resolvieron dejar el material en la caverna, sin llevar más víveres que los necesarios para tres o cuatro días de marcha, pues contaban con las provisiones del faro.
Era el 22 de diciembre. Al lucir el alba, y por un camino del interior de la isla, a través de su parte montañosa, recorrerían la tercera parte de la distancia durante el primer día. Al concluir esta etapa, harían alto al abrigo de los árboles o en alguna anfractuosidad del terreno.
Después de este descanso, en la madrugada siguiente. Kongre y su banda emprenderían una segunda etapa, igual, aproximadamente, a la víspera, y en una tercera podrían llegar a la bahía de Elgor.
Kongre suponía que para el servicio del faro no habría más que dos torreros, cuando eran tres, como ya sabemos.


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