El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.24
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¡Iba a construirse un faro en el fondo de la bahía de Elgor!... La banda no tenía más remedio que abandonar aquellos lugares.
Kongre tomó el único partido posible. Conocía perfectamente la parte oeste de la isla, en los alrededores del cabo San Bartolomé, donde otras cavernas podían asegurarle refugio. Sin perder un día -puesto que el «aviso» no debía tardar en volver con los obreros para dar comienzo a los trabajos-, se ocuparon de transportar todo lo indispensable para asegurarles un año de vida, creyendo, con razón, que a aquella distancia del cabo San Juan no corrían el riesgo de ser descubiertos. No tenían tiempo suficiente para desocupar las dos cavernas, y tuvieron que limitarse a retirar la mejor parte de las provisiones, conservas, vinos, vestidos y algunos de los preciosos objetos que guardaban. Luego, disimulando cuidadosamente las entradas con piedras y hierba seca, dejaron lo demás bajo la custodia del diablo.
Cinco días después de su partida, el Santa Fe reaparecía de mañana a la entrada de la bahía y fondeaba en la caleta, desembarcando acto seguido los obreros y el material que conducía. Los trabajos empezaron desde luego, y como ya sabemos, llevados a cabo rápidamente.
La banda Kongre no tuvo más remedio que ocultarse en el cabo San Bartolomé. Un arroyo, alimentado por el deshielo, proporcionaba la cantidad de agua necesaria. La pesca y la caza les permitieron economizar las provisiones que habían llevado desde la bahía.
¡Pero con qué impaciencia Kongre, Carcante y sus compañeros esperaban que el faro fuese concluido y que el Santa Fe partiese, para no volver hasta tres meses después, cuando llevara el relevo!
Dicho se está que los bandidos estaban al corriente de todo lo que se hacía en el fondo de la bahía. Bien fuera alejándose por el litoral, aproximándose hacia el interior u observando desde las alturas que bordean el abra New-Year, pudieron ir dándose cuenta del estado de los trabajos y calcular en qué fecha terminarían.
Entonces sería el momento en que Kongre pondría en ejecución un proyecto detenidamente meditado. Y quién sabe si mientras tanto no haría escala algún barco en la bahía de Elgor, y podrían apoderarse de él matando a la tripulación.
En cuanto a una posible excursión por la isla de los oficiales del «aviso», Kongre no creía deber preocuparse. Nadie intentaría, al menos por entonces, aventurarse hasta los alrededores del cabo Gómez, a través de las áridas llanuras y de los parajes casi intransitables de la parte montañosa, que no podían franquearse sino a costa de grandes fatigas.
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