El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.23
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Era el eterno tema de la conversación entre Carcante y su jefe.
-¡Estar varados en esta isla como un barco en la costa, cuando tenemos un cargamento que vale más de cien mil piastras!...
-¡Sí -contestaba Kongre-, es preciso partir, cueste lo que cueste!...
-¿Cuándo y cómo? -replicaba Carcante.
Y esta pregunta quedaba sin respuesta.
-Nuestras provisiones acabarán por agotarse -añadía Carcante-. Si la pesca da lo que nos hace falta, puede faltar la caza. Y luego, ¡Qué inviernos hemos pasado en esta isla!... ¡Mil rayos!... ¡Cuando pienso en los que todavía nos quedan!...
A todo esto, ¿Qué podía decir Kongre? Era poco locuaz, poco comunicativo ¡Pero qué cólera bullía en su interior al sentir su impotencia!
No podía hacer nada, ¡nada!... Si, a falta del barco que la banda deseaba sorprender en el fondeadero, alguna embarcación se aventurase hacia el este de la isla, Kongre podría intentar que, si no él, Carcante y uno de los chilenos fuesen recogidos a bordo, y una vez en el estrecho de Magallanes, se presentaría ocasión de ganar Buenos Aires o Valparaíso. Con el dinero que poseían en abundancia, se compraría un barco de ciento cincuenta o doscientas toneladas, que Carcante, con algunos marineros, conducirían a la bahía de Elgor. Una vez en la caleta, se desembarazarían de la tripulación, y la banda se embarcaría con sus riquezas para ganar las Salomón o las Nuevas Hébridas.
En tal estado estaban las cosas, cuando, quince meses antes de los comienzos de esta historia, se modificó bruscamente la situación.
A principios de octubre de 1858 un vapor, con pabellón argentino, apareció a la vista de la isla, maniobró de tal suerte, que no había duda se proponía entrar en la bahía de Elgor.
Kongre y sus compañeros reconocieron desde luego que era un barco de guerra, contra el cual nada podían intentar. Después de haber hecho desaparecer todo rastro, y disimulado la entrada de las dos cavernas, se refugiaron en el interior de la isla, en espera de la retirada del barco.
Era el Santa Fe, procedente de Buenos Aires, que llevaba a bordo un ingeniero, encargado de la construcción de un faro en la Isla de los Estados, y que iba a determinar su emplazamiento.
El «aviso» permaneció más que algunos días en la bahía de Elgor, y zarpó sin haber descubierto el nido de la banda de Kongre.
Carcante, que se había aventurado de noche hasta la caleta, pudo averiguar por qué el Santa Fe había hecho escala en la Isla de los Estados.
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