El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.22
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Los navegantes sabían a qué atenerse respecto a esta temible Isla de los Estados. Todo barco que la tempestad lanzaba de este lado se perdía irremisiblemente.
No fue en el fondo de la bahía donde Kongre se estableció con sus compañeros, sino a la entrada, lo que convenía más a sus proyectos, pues así podía vigilar el cabo San Juan. La casualidad le hizo descubrir una caverna, cuya entrada estaba oculta bajo espesas plantas marítimas, suficientemente espaciosa para alojamiento de toda la banda. Situada al reverso de un contrafuerte del acantilado, en la orilla norte de la bahía, nada tenia que temer de los vientos del mar. Se transportó a ella todo lo que podía servir para acondicionarla: muebles, vestidos, conservas, barricas de vino... Una segunda gruta, vecina a la primera, servía para almacenar todo lo que no tenía una aplicación inmediata: las barras de metales preciosos, las alhajas, los diversos objetos arrojados por las olas sobre la playa. Si más tarde Kongre conseguía apoderarse traidoramente de un barco fondeado descuidadamente en la bahía, lo cargaría con todo este pillaje y regresaría a las islas del Pacífico, teatro de sus antiguas piraterías.
Como hasta entonces no se había presentado la ocasión, los malhechores no habían podido abandonar la Isla de los Estados. Verdad es que en el espacio de dos años su riqueza no cesó de aumentar. Produjéronse en este tiempo otros naufragios, de los que sacaron gran provecho. Y hasta, siguiendo el ejemplo de otros miserables, ellos mismos provocaron las catástrofes en las noches de tormenta, llamando la atención de los barcos hacia los arrecifes por medio de luces u hogueras, y si alguno de los náufragos lograba ganar la costa era inmediata y despiadadamente sacrificado. Tal fue la obra criminal de estos bandidos, cuya existencia se ignoraba.
Sin embargo, la banda continuaba prisionera en la isla. Kongre había podido provocar la pérdida de algunos barcos, pero no atraerles hacia la bahía de Elgor, donde hubiera intentado un golpe de mano. Por otra parte, ningún barco había hecho escala en el fondo de la bahía, poco conocida de los capitanes, y aunque así hubiera sido, era menester que la tripulación fuera escasa para no poder hacer frente a aquella pandilla de bandidos.
El tiempo transcurría; la caverna estaba abarrotada de cosas de gran valor. Ya puede suponerse cuál sería la impaciencia, la rabia de Kongre y de los suyos.
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