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El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.21

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Además, su fisonomía, en conjunto, estaba lejos de presentar la expresión de dulzura que se encuentra en la mayor parte de estos pobladores.
Kongre era un temperamento tan violento como enérgico, lo que se reconocía al primer golpe de vista, al mirar sus rasgos duros, mal disimulados bajo la espesa barba, que ya empezaba a blanquear, aunque no pasaba de los cuarenta. Era un verdadero bandido, un temible malhechor capaz de todos los crímenes que no había podido encontrar otro refugio que aquella isla desierta, el litoral de la cual únicamente él conocía.
Pero, después de encontrar refugio, ¿Cómo habían conseguido subsistir en ella Kongre y sus compañeros?
Esto es lo que vamos a explicar sucintamente.
Cuando Kongre y su cómplice Carcante, a consecuencia de una fechoría que les hubiera valido la horca o el garrote, huyeron de Punta Arenas, el principal puerto del estrecho de Magallanes, ganaron la Tierra del Fuego, donde hubiera sido difícil perseguirles. Allí, viviendo entre los pescadores, supieron cuan frecuentes eran los naufragios en la Isla de los Estados, que todavía no alumbraba el faro del Fin del Mundo. No había duda que aquellos parajes debían estar llenos de restos de barcos náufragos, algunos de los cuales debían ser de gran valor. Kongre y Carcante concibieron entonces la idea de organizar una banda de recogedores de restos, con dos o tres bandidos de su calaña, a los que se añadirían unos cuantos pescadores, que no valían más que ellos. Una embarcación indígena les transportó a la orilla del estrecho de Lemaire. Pero aunque Kongre y Carcante eran marinos y habían navegado bastante tiempo por los parajes sospechosos del Pacífico, no pudieron evitar una catástrofe. Un golpe de mar los echó hasta el este, y las olas destrozaron su embarcación contra las rocas del cabo Colnett, en el momento en que se esforzaban en ganar las aguas tranquilas del puerto Parry.
Entonces fueron a pie hasta la bahía de Elgor, y no vieron defraudadas sus esperanzas. La playa, entre el cabo San Juan y la punta Several, estaba cubierta de despojos de naufragios antiguos y recientes: fardos, cajas de provisiones capaces de asegurar la subsistencia de la banda durante mucho tiempo; armas, revólveres y fusiles, que podrían ponerse en estado de servicio; municiones bien conservadas en sus cajas metálicas; barras de oro y plata de gran valor, procedentes de ricos cargamentos australianos; muebles, planchas, maderas de todas clases y algunos fragmentos de esqueletos; pero ningún superviviente de los siniestros marítimos.


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