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El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.19

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Casi inmediatamente, Moriz, que había conseguido deslizarse por entre las rocas, apareció súbitamente, lanzándose hacia el venado, que no se movió. Luego, volviéndose hacia el faro, hizo senas a sus compañeros para que se le reunieran.
-Algo extraordinario ocurre; vamos, Felipe -dijo Vázquez.
Y los dos corrieron hacia donde Moriz les esperaba.
No tardaron diez minutos en franquear la distancia.
-¿Y el venado?... -interrogó Vázquez.
-Aquí está -contestó Moriz, mostrando a la bestia acostada a sus pies.
-¿Está muerto? -preguntó Felipe.
-Muerto -repuso Moriz. -De vejez seguramente.
-No, a consecuencia de una herida.
-¡Herido! ¿Herido de qué? -¡De una bala en un costado! -¡Una bala! -exclamó Vázquez.
-Nada más cierto. Después de haber sido herido se ha arrastrado hasta aquí, donde ha caído muerto.
-¿De modo que hay cazadores en la isla? -murmuró Vázquez. Inmóvil y pensativo echó una ojeada en torno a él.
IV
LA BANDA DE KONGRE
Si Vázquez, Felipe y Moriz se hubiesen trasladado al extremo occidental de la Isla de los Estados, hubieran podido comprobar cuánto difería este litoral del que se extendía entre el cabo San Juan y la punta Several.
Ahí no había más que rocas, que se elevaban hasta 200 pies de altura, la mayor parte de ellas cortadas a pico y prolongándose bajo aguas profundas, incesantemente batidas por violenta resaca, aun en tiempo de calma. Delante de estas áridas rocas, en cuyos intersticios anidaban millares de aves marítimas, destacábanse un buen número de arrecifes, que se prolongaban hasta dos millas mar adentro. Entre ellas se situaban estrechos canales de pasos practicables tan sólo para barcas de muy poco calado. No faltaban grandes huecos cavernosos, grutas profundas y secas, obscuras, de angostísima entrada, el interior de las cuales no era aireado por las ráfagas ni barrido por las olas, ni aun en la temible época del equinoccio. Para ganar por aquella parte la meseta central de la isla, hubiera sido necesario franquear cuestas de más de 900 metros de altura, y la distancia no bajaría de 15 millas. En resumen, el carácter salvaje, desolado, acentuábase más de este lado que por el litoral opuesto, en el que se abría la bahía de Elgor.
Aunque el oeste de la Isla de los Estados estaba protegido contra los vientos noroeste por las alturas de la Tierra del Fuego y del archipiélago magallánico, el mar se desencadenaba con tanto furor como en el cabo San Juan, la punta Diegos y la Several.


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