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El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.14

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De vez en cuando, cumpliendo las indicaciones del servicio, Vázquez y sus camaradas recorrían la bahía de Elgor hasta el mar, bien a pie o en la barca dejada a disposición de los torreros en una pequeña caleta, completamente abrigada de los vientos del este, los únicos que había que temer.
Dicho está que cuando se hacían estas excursiones, uno de los torreros quedaba siempre de guardia en la galería del faro. Convenía inspeccionar constantemente el mar, y esto no podía hacerse más que desde la parte superior del faro, pues desde la playa, la mirada se encontraba con el obstáculo de los acantilados, que ocultaban el mar en la dirección oeste y noroeste. De aquí la obligación de la guarnición permanente en la cámara de cuarto.
En los primeros días de servicio no ocurrió incidente alguno digne le mención. El tiempo se mantenía bueno, la temperatura, bastante elevada. El termómetro acusaba 10 arados centígrados sobre cero. El viento soplaba del mar, y generalmente no pasaba de ser una agradable brisa desde el amanecer hasta que anochecía; por la noche saltaba a otro cuadrante, soplando desde las vastas llanuras de la Patagonia y de la Tierra del Fuego. Cayeron algunas lluvias, y, como el termómetro iba en ascenso, eran de esperar algunas tormentas, que podrían modificar el estado atmosférico.
Bajo la influencia de los rayos polares, que adquirían una fuerza vivificante, la flora empezaba a manifestarse en cierto modo. La pradera que circundaba el faro, despojada por completo de su manto de nieve, mostraba su tapiz de un verde pálido. El arroyo, ampliamente alimentado por el deshielo, corría desbordante hasta la bahía. Los musgos reaparecían al pie de los árboles y tapizaban los flancos de las rocas. En fin, si no la primavera -esta hermosa palabra no tiene aquí aplicación-, era el estío que, todavía por algunas semanas, remaba en aquel extremo limite del continente americano.
Al declinar el día, antes que hubiese que encender el faro, Vázquez, Felipe y Moriz, sentados en el balconcito que circundaba la linterna, charlaban, según costumbre, y, naturalmente, el torrero-Jefe era el que dirigía y sostenía la conversación.
-Y bien -dijo Vázquez, después de haber cargado su pipa, ejemplo que fue imitado por los otros dos-, ¿qué os parece esta nueva existencia?
-A buen seguro -contestó Felipe- que en el poco tiempo que llevamos no podemos quejarnos de aburrimiento ni de fatiga.
-Efectivamente - añadió Moriz-, y nuestros tres meses pasarán más pronto de lo que yo me había figurado.


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