El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.7
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El vapor se escapaba, silbando, por la válvula de seguridad.
El segundo de a bordo vigilaba la maniobra desde la proa.
El Santa Fe se puso en marcha, saludado por los adioses de los tres torreros. Y si Vázquez y sus camaradas experimentaron una profunda emoción al ver partir el «aviso», no fue menor la sentida por los oficiales y tripulación al dejar a estos tres hombres en aquella isla de la extrema América.
El Santa Fe, a velocidad moderada, siguió la costa que limita al noroeste la bahía de Elgor, y no serian las ocho cuando ya estaba en plena mar. Doblado el cabo San Juan, empezó a navegar a todo vapor, dejando el estrecho al oeste, y cuando cerró la noche, el faro del Fin del Mundo apareció en el horizonte como una esplendorosa estrila.
II
LA ISLA DE LOS ESTADOS
La Isla de los Estados -llamada también Tierra de los Estados- está situada en el extremo sudoeste del nuevo continente. Es el último y el más oriental fragmento de este archipiélago magallánico, que las convulsiones de la época plutoniana han lanzado sobre los parajes del paralelo 55, a menos de siete grados del círculo polar antártico. Bañada por las aguas de los dos océanos, es buscada por los barcos que pasan de uno a otro, bien procedan del nordeste o del sudoeste, después de haber doblado el cabo de Hornos.
El estrecho de Lemaire, descubierto en el siglo xvii por el navegante holandés de este nombre, separa la Isla de los Estados de la Tierra del Fuego, distante de 21 a 30 kilómetros. Este estrecho ofrece a los barcos un paso más corto y más fácil, evitándoles las formidables olas que baten el litoral de la Isla de los Estados.
Esta isla mide 39 millas del oeste al este, desde el cabo San Bartolomé hasta el de San Juan, por 11 de anchura, entre los cabos de Colnett y Webster.
El litoral de la Isla de los Estados es recortado en extremo. Constitúyelo una sucesión de golfos, de bahías y de caletas, la entrada de los cuales está a veces obstruida por una cadena de islotes y arrecifes. Su especial estructura hace que menudeen los naufragios en esta costa, erizada de enormes rocas, contra las cuales, aun con tiempo de bonanza, el mar se estrella con incomparable furor.
La isla estaba inhabitada; pero tal vez no hubiera sido inhabitable, al menos durante el verano, es decir, durante los cuatro meses de noviembre, diciembre, enero y febrero, que comprende el estío en esta elevada latitud.
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