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El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.6

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El capitán Lafayate y su segundo, a fin de tener una vista más despejada, gatearon por la escala que conducía a la galería que rodeaba la linterna del faro.
Toda la isla por la parte oeste estaba desierta, así como el mar en un vasto arco de círculo, interrumpido únicamente por las alturas del cabo San Juan. Al pie de la torre se abría la bahía de Elgor, animada a la sazón por el tráfago de los marineros del Santa Fe. Ni una vela, ni una columna de humo en todo cuanto la vista abarcaba. Nada más que la inmensidad del océano.
Después de permanecer un cuarto de hora en la calería del faro, los dos oficiales, seguidos de Vázquez, descendieron y retornaron a bordo.
Terminado el almuerzo, el capitán Lafayate y su segundo Riegal saltaron de nuevo a tierra.
Las horas que precedían a la partida iban a consagrarlas a pasear por la orilla norte de la bahía de Elgor. Varias veces ya, y sin piloto -se comprenderá que no lo había en la Isla de los Estados-, el capitán había entrado de día para fondear en la caleta al pie del faro: pero, por prudencia, Jamás dejaba de hacer un reconocimiento de aquella región, tan poco y tan mal conocida.
Los dos oficiales prolongaron su excursión.
Atravesando el estrecho istmo que une al resto de la isla el cabo San Juan, examinaron la orilla del abra del mismo nombre, que al otro lado del cabo forma como el fendant de la bahía de Elgor.
-El abra San Juan -observó el comandante- es excelente. Hay en toda ella bastante profundidad para los barcos de mayor tonelaje. Es de lamentar que la entrada sea tan difícil. Un faro de poca intensidad, establecido a la misma altura que el de Elgor, permitiría a los barcos que se encontraran comprometidos encontrar aquí un refugio.
-Y es el último puerto que se encuentra saliendo del estrecho de Magallanes observó el teniente.
A las cuatro, los oficiales estaban a bordo, después de despedirse de Vázquez, Felipe y Moriz, que permanecieron en la playa esperando el momento de la partida.
A las cinco, la negra humareda que salía por la chimenea del «aviso» indicaba que las calderas del barco estaban bajo presión. El Santa Fe levaría anclas en cuanto el reflujo se hiciera sentir.
A las seis menos cuarto, el comandante dio orden de virar.


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