El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.5
Indice General
|
Volver
Página 5 de 99
Y después de todo, existe este hecho: cuando la autoridad marítima ha solicitado torreros para el faro del Fin del Mundo, la única dificultad ha sido la de la elección.
Los oficiales acababan de llegar ante el faro, donde les esperaban Vázquez y sus camaradas. Se les franqueó la entrada, e hicieron alto, después de contestar al saludo reglamentario de los tres hombres.
El capitán Lafayate, antes de dirigirles la palabra, les examinó desde los pies, calzados con fuertes botas de mar, hasta la cabeza, cubierta con el capuchón de la capota impermeable.
-¿No ha ocurrido novedad esta noche? -Preguntó, dirigiéndose al torrero jefe.
-Ninguna, mi comandante - contestó Vázquez.
-¿No han divisado ustedes ningún barco en alta mar?
-Ninguno, y como la atmósfera estaba despejada, hubiéramos visto sus luces lo menos a cuatro millas.
-¿Han funcionado bien las lámparas?
-Perfectamente, mi comandante; no ha habido el menor entorpecimiento.
-¿Han pasado ustedes mucho frió en la cámara de cuarto?
-No, mi comandante; está muy bien cerrada y el viento no puede franquear el doble cristal de las ventanas.
-Vamos a visitar el alojamiento; y luego el faro.
-A sus órdenes, mi comandante -contestó Vázquez.
En la parte baja de la torre se habían instalado las habitaciones de los torreros al abrigo de espesísimos muros, capaces de desafiar todas las borrascas magallánicas. Los dos oficiales visitaron todas las piezas convenientemente acondicionadas. Nada había que temer de la lluvia, del frío ni de las tempestades de nieve, que son formidables en aquella latitud casi antártica.
Las piezas estaban separadas por un pasillo, en el fondo del cual se abría la puerta que daba acceso al Interior de la torre.
-Subamos -dijo el capitán Lafayate.
-A sus órdenes -repitió Vázquez.
-Hasta con que usted nos acompañe.
Vázquez hizo un signo a sus compañeros para que se quedasen, y empujando la puerta de comunicación, empezó a subir la escalera, seguido de los dos oficiales.
La escalera, de rocosos peldaños, era estrecha pero no obscura. Diez troneras la alumbraban de trecho en trecho. Cuando estuvieron en la cámara de cuarto, encima de la cual estaban instaladas las linternas y los aparatos de luz, los dos oficiales se sentaron en el banco circular adosado al muro. Por las cuatro ventanitas la mirada podía dirigirse a todos los puntos del horizonte.
Aunque la brisa era moderada, silbaba con fuerza en aquella altura, sin ahogar, no obstante, los agudos chillidos de las aves marinas, que pasaban dando grandes aletazos.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-99
|