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El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.2

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-Así lo espero. Estamos en los comienzos de la primavera, y tres meses por delante son más que algo.
-Y los trabajos han terminado en muy buena época.
-Sí, y no hay miedo que nuestra isla, se vaya a fondo con su faro.
-Seguramente, Vázquez; cuando el «aviso» vuelva con el relevo, encontrará la Isla en el mismo sitio.
-Y a nosotros en ella -dijo Vázquez frotándose las manos, después de lanzar una bocanada de humo-. Ya ves, buen mozo, que no estamos a bordo de un barco al que la borrasca zarandea; y si es un barco, está sólidamente anclado a la cola de América... Convengo en que estos parajes no tienen nada de buenos; que la triste reputación de los mares del cabo de Hornos está bien justificada y que los naufragios menudean... Pero todo esto va a cambiar, Felipe: Aquí tienes la Isla de los Estados con su faro, que todos los huracanes no lograrían apagar. Los barcos lo verán a tiempo para rectificar su ruta, y guiándose por su claridad se librarán de caer en las rocas del cabo San Juan, de la punta Diegos o de la punta Fallows, aun en las noches más obscuras... Nosotros somos los encargados de mantener el fuego, y lo mantendremos...
La animación con que hablaba Vázquez no dejaba de reconfortar a su camarada, que acaso no miraba tan de color de rosa las largas semanas que había de pasar en aquella isla desierta, sin comunicación posible con sus semejantes, hasta el día que los tres fueran relevados. Para concluir, Vázquez añadió: -Ya ves, desde hace cuarenta años estoy recorriendo todos los mares del antiguo y nuevo continente, de grumete, de marinero, de patrón... Pues bien, ahora que ha llegado la edad del retiro, yo no podría desear cosa mejor que ser torrero de un faro: ¡y qué faro! ¡El faro del Fin del Mundo!
Y en verdad que aquel nombre estaba bien justificado en aquella isla, lejana de toda tierra habitada y habitable. -Dí, Felipe -repuso Vázquez, sacudiendo la ceniza de su pipa-, ¿A qué hora vas a relevar a Moriz? -A las 10. - Bueno; entonces yo te relevaré a las 2 de la mañana y estaré de guardia hasta el amanecer.
-Convenido, Vázquez; entretanto, lo más acertado será irnos a dormir.
-¡A la cama, Felipe, a la cama! Vázquez y Felipe se dirigieron hacia la pequeña explanada en medio de la cual se alzaba el faro, y entraron en el interior.


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