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De la Tierra a la Luna (Julio Verne) - pág.50

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Cuando dirigió al Gun-Club su famosa comunicación, el capitán Nicholl se salió de sus
casillas; mezclábase con su cólera una suprema envidia y un sentimiento absoluto de
impotencia. ¿Cómo inventar algo superior a aquel columbiad de 900 pies? ¿Qué coraza
podía idearse para resistir un proyectil de veinte mil libras?
Nicholl quedó abatido, aterrado, anonadado por aquel cañón, pero luego se reanimó y
resolvió aplastar la proposición bajo el peso de sus argumentos.
Atacó con violencia los trabajos del Gun-Club, publicando al efecto numerosas cartas
que los periódicos reprodujeron. Quiso demoler científicamente la obra de Barbicane.
Empeñado el combate, se valió de razones de todo género con harta frecuencia especiosas
y rebuscadas.
Empezó a combatir a Barbicane por sus cifras. Se esforzó en probar por A+B la
falsedad de sus fórmulas, y le acusó de ignorar los principios rudimentarios de la
balística. Echó cálculos para demostrar, amén de otros errores, que era absolutamente
imposible dar a un cuerpo cualquiera una velocidad de doce mil yardas por segundo; con
el álgebra en la mano sostuvo que aun en el supuesto de que se consiguiera esta
velocidad, jamás un proyectil tan pesado traspasaría los límites de la atmósfera terrestre.
Ni siquiera iría más a11á de 8 leguas. Más aún, suponiendo adquirida la velocidad
suficiente, la granada no resistiría la presión de los gases desarrollados por la combustión
de un millón seiscientas mil libras de pólvora, y aunque la resistiera, no soportaría una
temperatura semejante, se fundiría al salir del columbiad, y convertida en lluvia de hierro
derretido, caería sobre el cráneo de los imprudentes espectadores.
Barbicane, sin hacer caso de estos ataques, continuó su obra.
Entonces Nicholl miró la cuestión bajo otros aspectos. Dejando a un lado su inutilidad
absoluta, consideró el experimento como muy peligroso para los ciudadanos que
autorizasen con su presencia tan reprobado espectáculo y para las poblaciones próximas a
aquel cañón vituperable. Hizo notar también que el proyectil, si no alcanzaba, como no to
alcanzaría, el objetivo a que se le destinaba, caería y la caída de una mole semejante,
multiplicada por el cuadrado de su velocidad, comprometería singularmente algún punto
del globo. Sin atacar los derechos de los ciudadanos, había llegado el caso en que la
intervención del gobierno era de absoluta necesidad, pues no era justo comprometer la


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