De la Tierra a la Luna (Julio Verne) - pág.49
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competentes. En los últimos experimentos, los proyectiles cilindrocónicos de Barbicane
se clavaron como alfileres en las planchas de Nicholl, por cuyo motivo éste se creyó vito-
rioso, y atesoró para su rival una dosis inmensa de desprecio. Pero más adelante, cuando
Barbicane sustituyó las balas cónicas con simples granadas de seiscientas libras, el
presidente del Gun-Club tomó su desquite. En efecto, aquellos proyectiles, aunque
animados de una velocidad regular, rompieron, taladraron, hicieron saltar en pedazos las
planchas del mejor metal.
A este punto habían llegado las cosas, y parecía que la bala había quedado victoriosa,
cuando terminó la guerra, y terminó precisamente el mismo día en que Nicholl concluía
una nueva coraza de hierro forjado, que era en su género una obra maestra, capaz de
burlarse de todos los proyectiles del mundo. El capitán la hizo trasladar al polígono de
Washington, desafiando a que la destruyeran los proyectiles del presidente del Gun-Club,
el cual, hecha la paz, se negó a la prueba.
Entonces Nicholl, furioso, ofreció exponer su plancha al choque de las balas más
inverosímiles, llenas o huecas, redondas o cónicas.
Ni por ésas; el presidente no quería comprometer su última victoria.
Nicholl, exasperado por la incalificable obstinación de su adversario, quiso tentar a
Barbicane dejándole todas las ventajas. Barbicane siguió terco en su negativa. ¿A cien
yardas? Ni a setenta y cinco.
-A cincuenta -exclamó el capitán insertando su desafío en todos los periódicos-,
colocaré mi plancha a veinticinco yardas del cañón, y yo me colocaré detrás de ella.
Barbicane hizo contestar que aun cuando el capitán Nicholl se colocase delante, no
dispararía un solo tiro.
Nicholl, al oír esta contestación, no pudo contenerse y se deshizo en insultos; dijo que
la cobardía era indivisible, que el que se niega a tirar un cañonazo está muy cerca de tener
miedo al cañón; que, en suma, los artilleros que se baten a 6 millas de distancia han
reemplazado prudentemente el valor individual por las fórmulas matemáticas, y que hay
por to menos tanto valor en aguardar tranquilamente una bala detrás de una plancha como
en enviarla según todas las reglas del arte.
Siguió Barbicane haciéndose el sordo. O tal vez no tuvo noticia de la provocación,
absorbido enteramente como estaba entonces por los cálculos de su gran empresa
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