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De la Tierra a la Luna (Julio Verne) - pág.47

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del público americano, que seguía uno tras otro todos los pasos de la comisión. Los
menores preparativos de tan colosal experimento, las cuestiones de cifras que provocaba,
las dificultades mecánicas que había que resolver, en una palabra, la ejecución del gran
proyecto le absorbía completamente.
Más de un año había de mediar entre el principio y la conclusión de los trabajos, pero
este transcurso de tiempo no podía ser estéril en emociones. La elección del sitio para la
construcción del molde, la fundición del columbiad, su muy peligrosa carga, eran más
que suficientes para excitar la curiosidad pública. El proyectil, apenas disparado,
desaparecería en algunas décimas de segundo, sin ser accesible a mirada alguna; pero to
que llegaría a ser después, su manera de conducirse en el espacio y el momento de llegar
a la Luna, no podían verlo con sus propios ojos más que unos cuantos privilegiados. Así
pues, los preparativos del experimento, los pormenores precisos de la ejecución,
constituían entonces el verdadero interés, el interés general, el interés público.
Sin embargo, hubo un incidente que sobreexcitó de pronto el atractivo puramente
científico.
Ya se sabe que el proyecto de Barbicane había agolpado en torno de éste numerosas
legiones de admiradores y amigos. Pero aquella mayoría, por grande, por extraordinaria
que fuese, no era la unanimidad. Un hombre, un solo hombre en todos los Estados de la
Unión, protestó contra la tentativa del Gun-Club y la atacó con violencia en todas las
ocasiones que le parecieron oportunas. Es tal la naturaleza humana, que Barbicane fue
más sensible a esta oposición de uno solo que a los aplausos de todos los demás.
Y eso, pese a que conocía el motivo de semejante antipatía, y que conocía la
procedencia de aquella enemistad aislada, enemistad personal y antigua, fundada en una
rivalidad de amor propio.
El presidente del Gun-Club no había visto ni una vez en la vida a aquel enemigo
perseverante, to que fue una dicha, porque el encuentro de aquellos dos hombres hubiera
tenido funestas consecuencias. Aquel rival de Barbicane era un sabio como él, de carácter
altivo, audaz, seguro de sí mismo, violento, un yanqui de pura sangre. Se llamaba capitán
Nicholl y residía en Filadelfia.
Nadie ignora la curiosa lucha que se empeñó durante la guerra federal entre el proyectil


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