De la Tierra a la Luna (Julio Verne) - pág.41
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barba, seguidos de una buena taza de té, y reanudaron la discusión.
-Dignísimos colegas -dijo Barbicane--, nuestro cañón debe tener mucha tenacidad y
dureza, ser infusible al calor, ser inoxidable a indisoluble a la acción corrosiva de los
ácidos.
-Acerca del particular, no cabe la menor duda -respondió el mayor-. Y como será
preciso emplear una cantidad considerable de metal, la elección no puede ser dudosa.
-Entonces -dijo Morgan-, propongo para la fabricación del columbiad la mejor aleación
que se conoce, es decir, cien partes de cobre, doce de estaño y seis de latón.
-Amigos míos -respondió el presidente-, convengo en que la composición que se acaba
de proponer ha dado resultados excelentes, pero costaría mucho y se maneja difícilmente.
Creo, pues, que se debe adoptar una materia que es excelente y al mismo tiempo barata,
cual es el hierro fundido. ¿No sois de mi opinion, mayor?
-Estamos de acuerdo -respondió Elphiston.
-En efecto-respondió Barbicane-, el hierro fundido cuesta diez veces menos que el
bronce; es fácil de fundir y de amoldar, y se deja trabajar dócilmente. Su adopción
economiza dinero y tiempo. Recuerdo, además, que durante la guerra, en el sitio de
Atlanta, hubo piezas de hierro que de veinte en veinte minutos dispararon más de mil
tiros sin experimentar deterioro alguno.
-Pero el hierro fundido es quebradizo -respondió Morgan.
-Sí, pero también muy resistente. Además, no reventará, respondo de ello.
-Un cañón puede reventar y ser bueno -replicó sentenciosamente J. T. Maston,
abogando pro domu sua como si se sintiese aludido.
-Es evidente -respondió Barbicans-. Me permito, pues, suplicar a nuestro digno
secretario que calcule el peso de un cañón de hierro fundido de 900 pies de longitud y de
un diámetro interior o calibre de 9 pies, con un grueso de 6 pies en sus paredes.
-Al momento -respondió J. T. Maston.
Y como to había hecho en la sesión anterior, hizo sus cálculos con una maravillosa
facilidad, y dijo al cabo de un minuto:
-El cañón pesará 68.040 toneladas.
-¿Y a dos céntimos la libra, costará...?
-Dos millones quinientos diez mil setecientos un dólares.
J. T. Maston, el mayor y el general, miraron con inquietud a Barbicane.
-Señores -dijo éste-, repito to que dije ayer: estad tranquilos, los millones no nos
faltarán.
Dadas estas seguridades por el presidente, la comisión se separó, quedando citados
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