De la Tierra a la Luna (Julio Verne) - pág.39
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¿Cómo la venceremos? Mediante la fuerza de impulsión.
1. 4,90 metros.
-He aquí la dificultad -respondió el mayor.
-En efecto -repuso el presidente-, pero la allanaremos, porque la fuerza de impulsión
que necesitamos resulta de la longitud de la máquina y de la cantidad de pólvora
empleada, hallándose ésta limitada por la resistencia de aquélla. Ocupémonos ahora,
pues, de las dimensiones que hay que dar al cañón. Téngase en cuenta que podemos
procurarle condiciones de una resistencia infinita, si es lícito hablar así, pues no se tiene
que maniobrar con él.
-Es evidente -respondió el general.
-Hasta ahora-dijo Barbicane-, los cañones más largos, nuestros enormes columbiads, no
han pasado de veinticinco pies de longitud; mucha sorpresa causarán, pues, a la gente las
dimensiones que tendremos que adoptar.
-Sin duda -exclamó J. T. Maston-. Yo propongo un cañón cuya longitud no baje de
media milla.
-¡Media milla! -exclamaron el mayor y el general.
-Sí, media milla, y me quedo corto.
-Vamos, Maston -respondió Morgan-. Exageráis.
-No -replicó el fogoso secretario-, no sé en verdad por qué me tacháis de exagerado.
-¡Porque vais demasiado lejos!
-Sabed, señor -respondió J. T. Maston, con solemne gravedad-, sabed que un artillero es
como una bala, que no puede it demasiado lejos.
La discusión tomaba un carácter personal, pero el presidente intervino.
-Calma, amigos, calma, y razonemos. Se necesita evidentemente un cañón de gran
calibre, puesto que la longitud de la pieza aumentará la presión de los gases acumulados
debajo del proyectil, pero es inútil pasar de ciertos límites.
-Perfectamente-dijo el mayor.
-¿Qué reglas hay para semejantes casos? Ordinariamente la longitud de un cañón es la
de 20 a 25 veces el diámetro de la bala, y pesa de 235 a 240 veces más que ésta.
-No basta -exclamó J. T. Maston impetuosamente.
-Convengo en ello, mi digno amigo. En efecto, siguiendo la proporción indicada, para
el proyectil que tuviese 9 pies de ancho y pesase 20.000 libras, el cañón no tendría más
que una longitud de 225 pies y un peso de 200.000 libras.
-Lo que es ridículo -añadió J. T. Maston-; tanto valdría echar mano de una pistola.
-Yo también opino to mismo -respondió Barbicane-, por lo que propongo cuadruplicar
esta longitud y construir un cañón de novecientos pies.
El general y el mayor hicieron algunas objeciones; pero sostenida resueltamente la
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