De la Tierra a la Luna (Julio Verne) - pág.33
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a11á arriba recibida con los honores debidos a un embajador terrestre!
1. Es decir, que pesa veinticuatro libras.
2. Así es que cuando se ha oído el estampido de la boca de fuego, el que to ha oído no puede ser ya
herido por la bala.
Entusiastas hurras acogieron esta retumbante peroración, y J. T. Maston, muy
conmovido, se sentó entre las felicitaciones de sus colegas.
-Y ahora -dijo Barbicane- que hemos pagado un tributo a la poesía, vámonos
directamente al grano.
-Vamos al grano -respondieron los miembros del comité, echándose cada uno al coleto
media docena de bocadillos.
-Ya sabéis cuál es el problema que hay que resolver -repuso el presidente-. Se trata de
dar a un proyectil una velocidad de 12.000 yardas por segundo. Tengo motivos para creer
que to conseguiremos. Pero ahora examinemos las velocidades obtenidas hasta la fecha.
Acerca del particular, el general Morgan podrá instruirnos.
-Tanto más -respondió el general- cuanto que, durante la guerra, era miembro de la
comisión de experimentos. Os diré, pues, que los cañones de a 100 de Dahlgreen, que
alcanzaban 2.500 toesas, daban a su proyectil una velocidad inicial de 500 yardas por
segundo.
-Bien. ¿Y el columbiad (1) Rodynan? -preguntó el presidente.
1. Los americanos dan el nombre de columbiad a estas enormes máquinas de destrucción.
-El columbiad Rodman, ensayado en el fuerte Hamilton, lanzaba una bala de media
tonelada de peso a una distancia de 6 millas, a una velocidad de 800 yardas por segundo,
resultado que no han obtenido nunca en Inglaterra, Armstrong y Pallisier.
-¡Oh! ¡Los ingleses! -murmuró J. T. Maston, volviendo hacia el horizonte del Este su
formidable mano postiza.
-¿Así pues -repuso Barbicane-, 800 yardas son el máximo de la velocidad alcanzada
hasta ahora en balística?
-Sí -respondió Morgan.
-Diré, sin embargo -replicó J. T. Maston-, que si mi mortero no hubiese reventado...
-Sí, pero reventó -respondió Barbicane con un ademán benévolo-. Tomemos, pues, por
punto de partida la velocidad de 800 yardas. La necesitamos veinte veces mayor. Dejando
para otra sesión la discusión de los medios destinados a producir esta velocidad, Ilamo
vuestra atención, mis queridos colegas, sobre las dimensiones que conviene dar a la bala.
Bien comprendéis que no se trata ahora de proyectiles que pesen media tonelada.
-¿Por qué no? -preguntó el mayor.
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