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De la Tierra a la Luna (Julio Verne) - pág.31

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En este concepto las dificultades prácticas hubieran parecido insuperables a cualquier
otro país que no hubiese sido América. En los Estados Unidos pareció cosa de juego.
El presidente Barbicane había nombrado, sin pérdida de tiempo, en el seno del
Gun-Club, una comisión ejecutiva. Esta comisión debía en tres sesiones dilucidar las tres
grandes cuestiones del cañón, del proyectil y de las pólvoras. Se componía de cuatio
miembros muy conocedores de estas materias. Barbicane, con voto preponderante en
caso de empate, el general Morgan, el mayor Elphiston y el inevitable J. T. Maston, a
quien se confiaron las funciones de secretario.
El 8 de octubre, la comisión se reunió en casa del presidente Barbicane: 3, Republican
Street. Como importaba mucho que el estómago no turbase con sus gritos una discusión
tan grave, los cuatro miembros del Gun-Club se sentaron a una mesa cubierta de
bocadillos y de enormes teteras. Enseguida J. T. Maston fijó su pluma en su brazo
postizo, y empezó la sesión.
Barbicane tomó la palabra.
-Mis queridos colegas -dijo-, estamos llamados a resolver uno de los más importantes
problemas de la balística, la ciencia por excelencia, que trata del movimiento de los
proyectiles, es decir, de los cuerpos lanzados al espacio por una fuerza de impulsión
cualquiera y abandonados luego a sí mismos.
-¡Oh! ¡La balística! ¡La balística! -exclamó J. T. Maston con voz conmovida.
-Tal vez hubiera parecido más lógico -repuso Barbicane- dedicar esta primera sesión a
la discusión del cañón...
-En efecto -respondió el general Morgan.
-Sin embargo -repuso Barbicane-, después de maduras reflexiones, me ha parecido que
la cuestión del proyectil debía preceder a la del cañón, y que las dimensiones de éste
debían subordinarse a las de aquél.
-Pido la palabra -lijo J. T. Maston.
Se le concedió la palabra con la prontitud y espontaneidad a que le hacía acreedor su
magnífico pasado.
-Mis dignos amigos -dijo con acento inspirado-, nuestro presidente tiene razón en dar a
la cuestión del proyectil preferencia sobre todas las otras. La bala que vamos a enviar a la
Luna es nuestro mensajero, nuestro embajador, y os suplico que me permitáis
considerarlo bajo un punto de vista puramente moral.
Esta manera nueva de examinar un proyectil excitó singularmente la curiosidad de los
miembros de la comisión, por to que escucharon con la más viva atención las palabras de


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