De la Tierra a la Luna (Julio Verne) - pág.30
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corresponder una disminución de distancia entre los dos astros, y que prolongándose
hasta lo infinito este doble efecto, la Luna, al fin y al cabo, había de chocar con la Tierra.
Debieron, sin embargo, tranquilizarse y dejar de temer por la suerte de las generaciones
futuras cuando se les demostró que, según los cálculos del ilustre matemático francés
Laplace, esta aceleración de movimiento estaba contenida dentro de límites muy estre-
chos, y que no tardaría en suceder a ella una disminución proporcional. El equilibrio del
mundo solar no podía, por consiguiente, alterarse en los siglos venideros.
Quedaba en último término la clase supersticiosa de los ignorantes, que no se contentan
con ignorar, sino que saben to que no es, y respecto de la Luna sabían demasiado;
algunos de ellos consideraban su disco como un bruñido espejo por cuyo medio se podían
ver desde distintos puntos de la Tierra y comunicarse sus pensamientos. Otros pretendían
que de las mil Lunas nuevas observadas, novecientas cincuenta habían acarreado notables
perturbaciones, tales como cataclismos, revoluciones, terremotos, diluvios, pestes, etc., es
decir, que creían en la influencia misteriosa del astro de la noche sobre los destinos
humanos. La miraban como el verdadero contrapeso de la existencia: creían que cada
selenita correspondía a un habitante de la Tierra, al cual estaba unido por uri lazo
simpático; decían, con el doctor Mead, que el sistema vital le está enteramente sometido,
y sostenían con una convicción profunda que los varones nacen principalmente durante la
Luna llena y las hembras en el cuarto menguante, etcétera. Pero tuvieron, al fin, que
renunciar a tan groseros errores y reconocer la verdad, y si bien la Luna, despojada de su
supuesta influencia, perdió en el concepto de ciertos cortesanos toda su categoría, si
algunos le volvieron la espalda, se declaró partidario suyo la inmensa mayoría. En cuanto
a los yanquis, no abrigaban más ambición que la de tomar posesión de aquel nuevo
continente de los aires para enarbolar en la más erguida cresta de sus montañas el
poderoso pabellón, salpicado de estrella: de los Estados Unidos de América.
VII
El himno al proyectil
En su memorable carta del 7 de octubre, el observatorio de Cambridge había tratado la
cuestión bajo el punto de vista astronómico, pero era preciso resolverla mecánicamente.
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