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De la Tierra a la Luna (Julio Verne) - pág.25

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aparecía acribillado de cráteres, confirmándose en todas las observaciones su naturaleza
esencialmente volcánica. De la falta de refracción en los rayos de los planetas que ella
oculta, se deduce que le falta casi absolutamente atmósfera. Esta carencia de aire supone
falta de agua y, por consiguiente, los selenitas, para vivir en semejantes condiciones,
deben tener una organización especial y diferenciarse singularmente de los habitantes de
la Tierra.
Por último, gracias a nuevos métodos, instrumentos más perfeccionados registraron
ávidamente la Luna, no dejando inexplorado ningún punto en su hemisferio, no obstante
medir su diámetro 2.150 millas(1) y ser su superficie igual a una 13ª parte de la del
globo,(2) y su Volumen una 49ª parte de la esfera terrestre; pero ninguno de estos
secretos podía serlo eternamente para los sabios astrónomos, que llevaron más lejos aún
sus prodigiosas observaciones.
1. 3.475 kilómetros, es decir, algo más de una cuarta parte del diámetro terrestre.
2. Treinta y ocho millones de kilómetros cuadrados.

Ellos notaron que, durante el plenilunio, el disco aparecía en ciertas partes, marcado de
líneas negras. Estudiando estas líneas con mayor precisión, llegaron a darse cuenta exacta
de su naturaleza. Aquellas líneas eran surcos largos y estrechos, abiertos entre bordes pa-
ralelos que terminaban generalmente en las márgenes de los cráteres. Tenían una longitud
comprendida entre diez y cien millas, y una anchura de 800 toesas. Los astrónomos las
llamaron ranura, pero darles este nombre es todo to que supieron hacer. En cuanto a
averiguar si eran lechos secos de antiguos ríos, no pudieron resolverlo de una manera
concluyente. Los americanos esperaban poder, un día a otro, determinar este hecho
geológico. Se reservaban igualmente la gloria de reconocer aquella serie de parapetos
paralelos, descubiertos en la superficie de la Luna por Gruithuisen, sabio profesor de
Munich, que las consideró como un sistema de fortificaciones levantadas por los
ingenieros selenitas. Estos dos puntos, aún oscuros, y otros sin duda, no podían aclararse
definitivamente, sino por medio de una comunicación directa con la Luna.
En cuanto a la intensidad de su luz, nada había que aprender, pues ya se sabía que es
300.000 veces más débil que la del Sol, y que su calor no ejerce sobre los termó= metros
ninguna acción apreciable. Respecto del fenómeno conocido con el nombre de luz


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