De la Tierra a la Luna (Julio Verne) - pág.23
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torrentes de luz que despide obligan a cerrarlos a los que los contemplan.
La plácida Febe, más humana, se deja ver complaciente con su modesta gracia; agrada
a la vista, es poco ambiciosa y, sin embargo, se permite alguna vez eclipsar a su hermano,
el radiante Apolo, sin ser nunca eclipsada por él. Los mahometanos, comprendiendo el
reconocimiento que debían a esta fiel amiga de la Tierra, han regulado sus meses en base
a su revolución.(1)
1. La revolución de la Luna dura unos veintisiete días y medio.
Los primeros pueblos tributaron un culto muy preferente a esta casta deidad. Los
egipcios la llamaban Isis; los fenicios, Astarté; los griegos la adoraron bajo el nombre de
Febe, hija de Latona y de Júpiter, y explicaban sus eclipses por las visitas misteriosas de
Diana al bello Endimión. Según la leyenda mitológica, el león de Nemea recorrió los
campos de la Luna antes de su aparición en la Tierra, y el poeta Agesianax, citado por
Plutarco, celebró en sus versos aquella amable boca, aquella nariz encantadora, aquellos
dulces ojos, formados por las partes luminosas de la adorable Selene.
Pero si bien los antiguos comprendieron a las mil maravillas el carácter, el
temperamento, en una palabra, las cualidades morales de la Luna bajo el punto de vista
mitológico, los más sabios que había entre ellos permanecieron muy ignorantes en
selenografía.
Sin embargo, algunos astrónomos de épocas remotas descubrieron ciertas
particularidades confirmadas actualmente por la ciencia. Si bien los acadios pretendieron
haber habitado la Tierra en una época en que la Luna no existía aún, si bien Simplicio la
creyó inmóvil y colgada de la bóveda de cristal, si bien Tasio la consideró como un
fragmento desprendido del disco solar; si bien Clearco, el discípulo de Aristóteles, hizo
de ella un bruñido espejo en que se reflejaban las imágenes del océano; si bien otros, en
fin, no vieron en ella más que una acumulación de vapores exhalados por la Tierra o un
globo medio fuego, medio hielo, que giraba alrededor de sí mismo, algunos sabios, por
medio de observaciones sagaces, a falta de instrumentos de óptica, sospecharon la mayor
parte de las leyes que rigen al astro de la noche.
Tales de Mileto, seiscientos años antes de jesucristo, emitió la opinión de que la Luna
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