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De la Tierra a la Luna (Julio Verne) - pág.14

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brillaba entonces con serena magnificencia, eclipsando con su intensa irradiación las
luces circundantes. Todos los yanquis dirigían sus miradas a su centelleante disco.
Algunos la saludaron con la mano, otros la llamaban con los dictados más halagüeños;
éstos la medían con la mirada, aquéllos la amenazaban con el puño, y en las cuatro horas
que median entre las ocho y las doce de la noche, un óptico de Jones Fall labró su fortuna
vendiendo anteojos. El astro de la noche era mirado con tanta avidez como una hermosa
dama de alto copete. Los americanos hablaban de él como si fuesen sus propietarios.
Hubiérase dicho que la casta Diana pertenecía ya a aquellos audaces conquistadores y
formaba parte del territorio de la Unión. Y sin embargo, no se trataba más que de enviarle
un proyectil, manera bastante brutal de entrar en relaciones, aunque sea con un satélite
pero muy en boga en las naciones civilizadas.
Acababan de dar las doce, y el entusiasmo no se apagaba. Seguía siendo igual en todas
las clases de la población; el magistrado, el sabio, el hombre de negocios, el mercader, el
mozo de cuerda, las personas inteligentes y las gentes incultas se sentían heridas en la
fibra más delicada. Tratábase de una empresa nacional. La ciudad alta, la ciudad baja, los
muelles bañados por las aguas del Patapsco, los buques anclados no podían contener la
multitud, ebria de alegría, y también de gin y de whisky. Todos hablaban, peroraban,
discutían, aprobaban, aplaudían, to mismo los ricos arrellanados muellemente en el sofá
de los bar-rooms(1) delante de su jarra de sherry cobbler,(2) que el waterman(3) que se
emborrachaba con el quebrantapechos(4) en las tenebrosas tabernas del Fells-Point.
Sin embargo, a eso de las dos la conmoción se calmó. El presidente Barbicane pudo
volver a su casa estropeado, quebrantado, molido. Un hércules no hubiera resistido un
entusiasmo semejante. La multitud abandonó poco a poco plazas y calles. Los cuatro
trenes de Ohio, de Susquehanna, de Filadelfia y de Washington, que convergen en
Baltimore, arrojaron al público heterogéneo a los cuatro puntos cardinales de los Estados
Unidos, y la ciudad adquirió una tranquilidad relativa.
Se equivocaría el que creyese que durante aquella memorable noche quedó la agitación
circunscrita dentro de Baltimore. Las grandes ciudades de la Union, Nueva York, Boston,


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