De la Tierra a la Luna (Julio Verne) - pág.6
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una nueva ocasión de ensayar el alcance de nuestros proyectiles? ¿Nunca más el
fogonazo de nuestros cañones iluminará la atmósfera? ¿No sobrevendrá una
complicación internacional que nos permita declarar la guerra a alguna potencia
transatlántica? ¿No echarán los franceses a pique ni uno solo de nuestros vapores, ni
ahorcarán los ingleses, con menosprecio del derecho de gentes, tres o cuatro de nuestros
compatriotas?
-¡No, Maston -respondió el coronel Blomsberry-, no tendremos tanta dicha! ¡No se
producirá ni uno solo de los incidentes que tanta falta nos hacen; y aunque se produjesen,
no sacaríamos de ellos ningún partido! ¡La susceptibilidad americana va desapareciendo,
y vegetamos en la molicie!
-¡Sí, nos humillamos! -replicó Bilsby.
-¡Se nos humilla! -respondió Tom Hunter.
-¡Y tanto! -replicó J. T. Maston con mayor vehemencia-. ¡Sobran razones para batirnos,
y no nos batimos! Se economizan piernas y brazos en provecho de gentes que no saben
qué hacer de ellos. Sin it muy lejos, se encuentra un motivo de gúérra. Decid, ¿la
América del Norte no perteneció en otro tiempo a los ingleses?
-Sin duda-respondió Tom Hunter, dejando con rabia quemarse en la chimenea el
extremo de su muleta.
-¡Pues bien! -repuso J. T. Maston-. ¿Por qué Inglaterra, a su vez, no ha de pertenecer a
los americanos?
-Sería muy justo -respondió el coronel Blomsberry.
-Id con vuestra proposición al presidente de los Estados Unidos -exclamó J. T. Maston-
y veréis cómo la acoge.
-La acogerá mal -murmuró Bilsby entre los cuatro dientes que había salvado de la
batalla.
-No seré yo -exclamó J. T. Maston- quien le dé el voto en las próximas elecciones.
-Ni yo -exclamaron de acuerdo todos aquellos belicosos inválidos.
-Entretanto, y para concluir -repuso J. T. Maston-, si no se me proporciona ocasión de
ensayar mi nuevo mortero sobre un verdadero campo de batalla, presentaré mi dimisión
de miembro del Gun-Club, y me sepultaré en las soledades de Arkansas.
-Donde os seguiremos todos -respondieron los interlocutores del audaz J. T. Maston.
Tal era el estado de la situación. La exasperación de los ánimos iba en progresivo
aumento, y el club se hallaba amenazado de una próxima disolución, cuando sobrevino
un acontecimiento inesperado que impidió tan sensible catástrofe.
Al día siguiente de la acalorada conversación de que acabamos de dar cuenta, todos los
miembros de la sociedad recibieron una circular concebida en los siguientes términos:
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