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Cinco Semanas en Globo (Julio Verne) - pág.203

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de hierba junto al baobab.
Entretanto, el doctor había agrandado el orificio del aeróstato cortando su parte inferior,
tras haber hecho salir por la válvula el poco hidrógeno que aún pudiera contener; despues
amontono cierta cantidad de hierba seca bajo la envoltura y le prendió fuego.
No hace falta mucho tiempo para hinchar un globo con aire caliente. Una temperatura
de 1800 , es suficiente para disminuir a la mitad, enrareciéndolo, el peso del aire que
contiene, de manera que el Victoria empezó a recobrar sensiblemente su forma
redondeada. La hierba abundaba; el doctor activaba el fuego y el volumen del aeróstato
aumentaba visiblemente.
Era entonces la una menos cuarto.
En aquel momento unas dos millas al norte, apareció la partida de talibas. Oíanse sus
gritos y el ruido de los cascos de los caballos corriendo a todo galope.
-Dentro de veinte minutos estarán aquí -dijo Kennedy.
-¡Hierba! ¡Hierba, Joe! ¡Dentro de diez minutos estaremos en el aire!
~Aquí tiene, señor.
El Victoria estaba hinchado en sus dos terceras partes.
-Amigos míos, agarrémonos a la red, como hemos hecho antes.
-Ya está -respondió el cazador.
Diez minutos después, unas sacudidas indicaron la tendencia del globo a elevarse. Los
talibas se acercaban; estaban apenas a quinientos pasos.
-Agarraos bien -exclamó Fergusson.
-¡No tema, señor, no!
Y el doctor, con el pie añadió más hierba a la hoguera.
El globo, totalmente dilatado por el aumento de temperatura, se elevó rozando las
ramas del baobab.
-¡En marcha! -exclamó Joe.
Una descarga de mosquetes le respondió, y una de las balas le hizo un rasguño en un
hombro; pero Kennedy, inclinándose, descargó su carabina y derribó a otro enemigo.
Gritos de rabia imposibles de reproducir acompañaron la ascensión del globo, que subió
cerca de ochocientos pies. Se apoderó de él un viento fuerte que le hizo oscilar de manera
alarmante, mientras el intrépido doctor y sus dignos compañeros contemplaban bajo sus
pies el abismo de las cataratas.
Diez minutos después, sin haber hablado una palabra, los intrépidos viajeros descendian
poco a poco al tiempo que se acercaban a la otra orilla.
Allí, sorprendido, maravillado, atónito, había un grupo de unos diez hombres con
uniforme francés. júzguese cuál sería su asombro al ver elevarse aquel globo en la
margen derecha del río. Casi creyeron en un fenómeno celeste. Pero sus jefes, que eran


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