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Cinco Semanas en Globo (Julio Verne) - pág.202

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La orilla
opuesta, baja y fértil, ofrecía una retirada segura y un lugar favorable para el descenso.
-Un cuarto de hora más -dijo Fergusson-, y a salvo.
Pero, desgraciadamente, el globo vacío caía poco a poco sobre un terreno casi
enteramente desprovisto de vegetación, compuesto de largas pendientes y llanuras
pedregosas, donde no se velan mas que algunos matorrales y una hierba espesa que el
ardor del sol había secado.
El Victoria tocó varias veces el suelo y volvió a elevarse; pero sus saltos disminuían en
extensión y altura, y en el último se quedó enganchado por la parte superior de la red a
las altas ramas de un baobab aislado, único árbol en medio de aquel terreno desierto.
-¡Todo ha concluido! -exclamó el cazador.
-Y a cien pasos del río -dijo Joe.
Los tres desdichados saltaron a tierra y el doctor condujo a sus dos compañeros hacia el
Senegal.
En aquel lugar, el río producía un barboteo continuado; al llegar a la orilla Fergusson
reconoció las cataratas de Goulna. No había ni una barca, ni un ser animado a la vista. El
Senegal, que tenía allí dos mil pies de ancho, se precipitaba con atronador ruido desde
una altura de ciento cincuenta de este a oeste, y la línea de peñascos que se oponía a su
curso se extendía de norte a sur. En medio de la cascada había rocas de extrañas formas,
como inmensos animales antediluvianos petrificados entre las aguas.
La imposibilidad de atravesar aquel abismo era evidente. Kennedy no pudo reprimir un
gesto de desesperación.
Pero el doctor Fergusson, en un tono de enérgica audacia, exclamó:
-¡Todavía nos queda un medio!
-Ya lo sabía yo -dijo Joe, con esa confianza en su señor que no le abandonaba jamás.
La hierba seca le había inspirado al doctor una idea atrevida. Era el único recurso.
Volvió rápidamente con sus compañeros al punto donde se había quedado la envoltura
del aeróstato.
-Les llevamos al menos una hora de delantera a los bandidos -dijo-. No perdamos
tiempo, compañeros; recoged hierba seca, mucha hierba seca; necesito por lo menos cien
libras.
-¿Para qué? -preguntó Kennedy.
-Como no tenemos gas, cruzaremos el río utilizando aire caliente.
-¡Ah, mi querido Samuel! -exclamó Kennedy-. ¡Eres verdaderamente un gran hombre!
Joe y Kennedy pusieron manos a la obra y en un momento reunieron una enorme pila


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