Cinco Semanas en Globo (Julio Verne) - pág.200
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Hazte cargo de lo que sería de nosotros si agujereasen el globo.
La persecución de los talibas continuó toda la mañana. Hacia las once, los viajeros
apenas habían recorrido quince millas hacia el oeste.
El doctor examinaba en el horizonte hasta las más pequeñas nubecillas. Temía una
variación atmosférica. Si el viento arrastraba el globo hacia el Níger, ¿qué sería de ellos?
Notaba, además, que el globo tendía a bajar sensiblemente. Desde su partida había
perdido ya más de trescientos pies, y el Senegal debía de estar aún a unas doce millas; a
la velocidad actual todavía les faltaban tres horas de viaje.
En aquel momento, nuevos gritos llamaron su atención. Los talibas se agitaban,
precipitando el galope de sus caballos.
El doctor consultó el barómetro y comprendió la causa de aquella algarabía.
-Bajamos -dijo Kennedy.
-Sí -respondió Fergusson.
« ¡Malo! », pensó Joe.
Pasado un cuarto de hora, la barquilla se hallaba a menos de ciento cincuenta pies del
suelo, pero el viento era más fuerte.
Los talibas, sin detenerse, hicieron una descarga.
-¡Estáis demasiado lejos, imbéciles! -exclamó Joe-. Bueno será tenerlos a raya.
Y, apuntando a uno de los jinetes que iban delante, hizo fuego. El taliba dio una
voltereta; sus compañeros se detuvieron y el Victoria les sacó ventaja.
-Son prudentes -dijo Kennedy.
-Porque creen estar seguros de cogernos -respondió el doctor-. Y nos cogerán si
seguimos bajando. Es absolutamente indispensable que nos elevemos.
-¿Qué vamos a echar? -preguntó Joe.
-Todo el pemmican que queda. Serán treinta libras menos de peso.
-¡Pues allá va! -dijo Joe, obedeciendo las órdenes de su señor.
La barquilla, que casi llegaba al suelo, subió entre el griterío de los talibas; pero, media
hora después, el Victoria volvía a bajar rápidamente.
El gas se escapaba por los poros de sus paredes.
La barquilla rozó el suelo y los negros de Al-Hadjí se precipitaron hacia ella; pero,
como sucede en semejantes circunstancias, apenas el globo tocó el suelo, dio un salto y
fue a caer una milla más adelante.
-¡No escaparemos! -dijo Kennedy con rabia.
-Joe, echa nuestra reserva de aguardiente -ordenó el doctor-, nuestros instrumentos,
todo lo que pese, por poco que sea, y también el ancla.
Joe arrancó los barómetros y los termómetros; pero todo eso suponia muy poco, y el
globo, que subió momentáneamente, no tardó en volver a tocar el suelo Los talibas
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