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Cinco Semanas en Globo (Julio Verne) - pág.101

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durante algún tiempo a la acción de la pila de Bunsen. Quitó los dos hilos conductores
perfectamente aislados que servían para descomponer el agua; luego, tras registrar su
bolsa de viaje, sacó de ella dos pedazos de carbón terminados en punta y los fijó en el ex-
tremo de cada hilo.
Sus dos amigos le miraban sin comprender lo que hacía, pero callaban. Cuando el
doctor hubo terminado su trabajo, se colocó en pie en medio de la barquilla, cogió un
carbón en cada mano y acercó una punta a la otra.
De repente, un resplandor intenso y deslumbrador, que no podían resistir los ojos, se
produjo entre las dos puntas de carbón, y un haz inmenso de luz eléctrica disipó la
oscuridad de la noche.
-¡Oh, señor! -exclamó Joe.
-¡Silencio! -ordenó el doctor.

XXII
El haz de luz. - El misionero. - Rapto en un rayo de
luz. - El sacerdote lazarista. - Poca esperanza. -
Cuidados del doctor. - Una vida de abnegación. - Paso
de un volcán

Fergusson dirigió a varios puntos del espacio su poderoso rayo de luz y lo detuvo en un
lugar de donde partían gritos de asombro; sus compañeros lanzaron hacia allí una ansiosa
mirada.
El baobab sobre el cual el Victoria se mantenía casi inmóvil, se hallaba en el centro de
un raso. Entre campos de sésamo y de caña de azúcar, unas cincuenta chozas, bajas y
cónicas, alrededor de las cuales hormigueaba una numerosa tribu.
A cien pies debajo del globo descollaba un poste, junto al cual yacía una criatura
humana, un joven de apenas treinta años, con largos cabellos negros, medio desnudo,
flaco, ensangrentado, cubierto de heridas y con la cabeza inclinada sobre el pecho, como
Cristo crucificado. Algunos cabellos más cortos en la coroniua indicaban aún la
existencia de una tonsura casi desaparecida.

-¡Un misionero! ¡Un sacerdote! -exclamó Joe.
-¡Pobre desdichado! -respondió el cazador.
-¡Lo salvaremos, Dick! -dijo el doctor-. ¡Lo salvaremos!
Aquella caterva de negros, al ver el globo, semejante a una enorme cometa con una cola
de deslumbradora luz, experimentó, como era natural, un sobresalto indescriptible. Al oír
sus gritos, el prisionero levantó la cabeza. Brilló rápidamente en sus ojos la luz de la
esperanza, y, sin comprender lo que pasaba, tendió los brazos hacia sus inesperados


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