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Cinco Semanas en Globo (Julio Verne) - pág.94

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-Son águilas -exclamó Kennedy, tras haberlas reconocido con su anteojo-. Unos
magníficos pájaros, cuyo vuelo es tan rápido como el nuestro.
-¡Llbrenos el cielo de sus ataques! --dijo el doctor-. Para los que viajamos por el aire,
son más terribles que las fieras y las tribus salvajes.
-¡Bah! -respondió el cazador-. Con unos cuantos tiros las ahuyentaríamos.
-Prefiero, amigo Dick, no tener que recurrir a tu habilidad; el tafetán del globo no
resistiría sus picotazos. Afortunadamente, me parece que nuestra máquina, lejos de
atraerlas, las asusta.
-Se me ocurre una idea -intervino Joe-. Hoy estoy en vena, y a cada instante brota de mi
cerebro una nueva. Si pudiésemos formar un tiro de águilas vivas y engancharlas al
globo, nos arrastrarían por los aires.
-El método ha sido propuesto en serio -respondió el doctor-, pero me parece poco
practicable con animales tan ariscos por naturaleza.
-Las adiestraríamos -repuso Joe-. En lugar de ponerles bocado, las guiariamos por
medio de unas anteojeras que les tapasen los ojos. Tapando uno de los dos, según cuál
fuese éste, irían a derecha o a izquierda, y tapando los dos se detendrían.
-Permíteme, Joe, preferir un viento favorable a tus águilas de tiro; su manutención
resulta más barata, y es mas seguro.
-Se lo permito, señor;, pero no echo la idea en saco roto.
Era mediodía. Desde hacía un rato, el Victoria avanzaba a una velocidad más
moderada; la tierra ya no huía a sus pies, simplemente pasaba.
De pronto llegaron a oídos de los viajeros gritos y silbidos que les hicieron asomarse
para ofrecerles un espectáculo emocionantísimo.
Dos tribus se batían encarnizadamente, envolviéndose en nubes de flechas. Cegados por
el furor de la pelea, los combatientes no se percataron de la llegada del Victoria. Eran
unos trescientos, habiendo entre ellos algunos que, revolcándose en la sangre de los
heridos, ofrecían un cuadro de lo más nauseabundo.
Al ver el globo, hicieron cesar un momento las hostilidades. Luego multiplicaron sus
aullidos y dispararon algunas flechas contra la barquilla. Una de ellas pasó tan cerca que
Joe la cogió al vuelo con la mano.
-¡Pongámonos fuera de tiro! -exclamó el doctor Fergusson-. No podemos permitirnos
ninguna imprudencia.
Después de la tregua, empezó de nuevo la matanza con azagayas y hachas; en cuanto
un enemigo caía, era instantáneamente decapitado por su adversario.


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