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Cinco Semanas en Globo (Julio Verne) - pág.83

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y maleza inextricable, desaparecían literalmente bajo miríadas de mosquitos de un color
pardusco.
Aquel país debía de ser inhabitable y estar deshabitado. Se veían manadas de
hipopotamos revolcándose en los cañares o sumergiendose en las blanquecinas aguas del
lago.
Éste, visto desde lo alto, ofrecía hacia el oeste un horizonte tan ancho que parecía un
mar. La distancia impide establecer comunicaciones entre una y otra orilla; además, las
tempestades son allí fuertes y frecuentes, pues los vientos no encuentran obstáculo alguno
en aquella cuenca elevada y descubierta.
Trabajo le costó al doctor dirigir el globo. Temía ser arrastrado hacia el este; pero, por
fortuna, una corriente le llevó directamente al norte y, a las seis de la tarde, el Victoria se
situó sobre una pequeña isla desierta, a 00 3´ de latitud y 320 52´ de longitud, y a veinte
millas de la costa.
Los viajeros lograron anclar en un árbol; al anochecer calmó el viento y pudieron
quedarse allí tranquilamente. Era impensable tomar tierra, porque allí, lo mismo que en
las orillas del Nyanza, las legiones de mosquitos cubrían el suelo como una densa nube.
Joe volvió del árbol acribillado; pero, como le parecía muy natural que los mosquitos
picasen, no se desazonó ni poco ni mucho.
El doctor, sin embargo, menos optimista, soltó toda la cuerda que le fue posible para
librarse de aquellos despiadados insectos que ascendían con un murmullo inquietante.
El doctor estableció la altura del lago sobre el nivel del mar, tal como lo había
determinado el capitán Speke, es decir, tres mil setecientos cincuenta pies.
-¡Conque estamos en una isla! -dijo Joe, que se desollaba rascándose.
-Una isla que podríamos recorrer en menos que canta un gallo -respondió el cazador- y
donde, salvo esos amables insectos, no se ve un solo ser vivo.
-Las islas de que está el lago salpicado -respondió el doctor Fergusson- no son, en
realidad, más que crestas de colinas sumergidas, y no hemos tenido poca fortuna en
encontrar en ellas un abrigo, porque las orillas del lago están pobladas de tribus feroces.
Dormid, pues, ya que el cielo nos prepara una noche tranquila.
-¿Y no harás tú otro tanto, Samuel?
-No; yo no podría cerrar los ojos. Mis pensamientos me lo impedirían. Mañana, si el
viento es favorable, marcharemos directamente hacia el norte y tal vez descubramos las


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