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Cinco Semanas en Globo (Julio Verne) - pág.72

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¡Miren esas manadas de animales que marchan en columna cerrada! No bajan de
doscientos; son lobos.
-No, Joe, son perros salvajes; una famosa raza que no teme luchar contra el león. Su
encuentro es para los viajeros el peligro más terrible. El que tropieza con ellos es
inmediatamente despedazado.
-Pues no será Joe quien se encargue de ponerles bozal -respondió el buen criado-. Por
lo demás, si tal es su naturaleza, no se les puede reprochar.
Poco a poco, bajo la influencia de la tempestad se imponía el silencio; parecía que el
aire condensado resultaba impropio para transmitir los sonidos; la atmósfera estaba como
acolchada y, al igual que una sala forrada de gruesos tapices, perdía toda sonoridad. El
pájaro remero, la grulla coronada, los arrendajos rojos y azules, el sinsonte y la moscareta
se ocultaban entre las ramas de los grandes árboles. Toda la naturaleza presentaba los
signos de un cataclismo proximo.
A las nueve de la noche el Victoria permanecía inmóvil sobre Msené, un gran grupo de
aldeas difíciles de distinguir en la penumbra. Algunas veces, la reverberación de un rayo
extraviado en el agua dormida indicaba hoyos regularmente distribuidos, y, gracias a un
último resplandor crepuscular, pudo la mirada captar la forma tranquila y sombría de las
palmeras, los tamarindos, los sicomoros y los euforbios gigantescos.
-¡Me ahogo! -dijo el escocés, aspirando a pleno pulmón la mayor cantidad posible de
aquel aire enrarecido-. ¡No nos movemos! ¿Vamos a bajar?
-Pero ¿y la tormenta? -objetó el doctor, bastante inquieto.
-Si temes ser arrastrado Por el viento, me parece que no puedes hacer otra cosa.
-Tal vez la tormenta no estalle esta noche -repuso Joe-. Las nubes están muy altas.
-Una razón más que me impide traspasarlas. Sería menester subir a mucha altura,
perder la tierra de vista y estar toda la noche sin saber si avanzamos, ni hacia dónde nos
dirigimos.
-Pues decídete, Samuel, porque la cosa urge.
-Ha sido una fatalidad que cesase el viento -repuso Joe-. Nos habría alejado de la
tormenta.
~En efecto, amigos, es lamentable, ya que las nubes suponen un peligro para nosotros.
Contienen corrientes opuestas que pueden envolvernos en sus torbellinos y rayos capaces
de incendiarnos. Además, la fuerza de las ráfagas puede precipitarnos al suelo si echamos
el ancla en la copa de un árbol.


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