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Cinco Semanas en Globo (Julio Verne) - pág.66

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crónica y continua. El real borracho casi había perdido el conocimiento, y ni todo el
amoníaco del mundo le habría hecho volver en sí.
Durante la solemne visita, los favoritos y las mujeres se inclinaban flexionando las
rodillas. El doctor, por medio de algunas gotas de un poderoso estimulante, consiguió
reanimar instantáneamente aquel cuerpo embrutecido. El sultán hizo un movimiento, y
ese síntoma, en un hombre casi cadáver que no daba signos de vida desde hacía horas, fue
acogido con gritos en honor del médico.
Éste, cansado ya de tanta farsa, se abrió paso entre sus demasiado entusiastas
adoradores y salió del palacio para dirigirse al Victoria. Eran las seis de la tarde.
Durante su ausencia, Joe aguardaba tranquilamente al pie de la escala, siendo objeto de
la mayor veneración. Como verdadero hijo de la Luna, él se dejaba adorar. Para ser una
divinidad, su actitud era la de un buen hombre, nada soberbio e incluso de trato familiar
con las jóvenes africanas, que no se cansaban de contemplarlo. Él les dirigía las más
amables frases.
-Adorad, señoritas, adorad -les decía-. ¡Aunque hijo de diosa, no soy más que un pobre
diablo!
Le presentaron ofrendas propiciatorias, que normalmente se depositaban en los mzimu o
chozas-fetiches, y que consistían en espigas de cebada y en pombé. Joe se creyó en la
obligación de probar aquella especie de cerveza fuerte, pero su paladar, aunque
acostumbrado a la ginebra y el whisky, no pudo resistirla. Hizo una mueca horrible, que
sus adoradores tomaron, por una amable sonrisa.
A continuación, las jóvenes, cantando a coro una melopea, ejecutaron a su alrededor
una danza muy grave.
-¡Conque sabéis bailar! -exclamó el muchacho-. Pues yo no he de quedarme corto con
vosotras. Os enseñaré un baile de mi país.
Y empezó una giga aturdidora, estirándose, encogiéndose, retorciéndose, bailando
apoyado en los pies, en las rodillas, en las manos, girando de mil maneras a cuál más
extravagante, adoptando actitudes increíbles, haciendo gestos imposibles, en definitiva,
dando a aquellas gentes una extraña idea de la manera que tienen los dioses de bailar en
la Luna.
Y todos aquellos africanos, imitadores como monos, quisieron reproducir sus maneras,
sus cabriolas, sus movimientos; no se perdían un gesto, no olvidaban una postura, y
aquello se convirtió en un delirio, una tremolina, una tempestad de carne y huesos de la


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