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Cinco Semanas en Globo (Julio Verne) - pág.56

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-¡Tienes razón, Joe! Triste cosa es, sin embargo, no aprovechar nada de una pieza tan
magnífica.
-¿Nada? No, señor Dick; vamos a sacar del animal todas las ventajas nutritivas que
posee, y, con su permiso, lo haré ahora mismo pedazos tan bien como pudiera hacerlo el
síndico de la ilustre corporación de carniceros de Londres.
-Pues ya puedes empezar, camarada; aunque debes saber que, a fuer de cazador, me
desenvuelvo tan bien desollando una res como matándola.
-Estoy seguro de ello, señor Dick, como lo estoy también de que, en menos que canta
un gallo, con tres piedras armará una parrilla. Leña seca no falta, y sólo le pido unos
minutos para utilizar sus ascuas.
-La operación no es muy larga -replicó Kennedy.
Y procedió de inmediato a la construcción de la parrilla, de la que unos instantes
después salían numerosas llamas.
Joe sacó del cuerpo del antilope una docena de chuletas y trozos de lomo, que se
convirtieron muy pronto en un asado delicioso.
-El amigo Samuel -dijo el cazador- se va a chupar los dedos de gusto.
-¿Sabe lo que estoy pensando, señor Dick?
-¿En qué has de pensar más que en lo que estás haciendo?
-Pues, no, señor. Pienso en la cara que pondríamos si no encontráramos el globo.
-¡Vaya una ocurrencia! ¿Había el doctor de abandonarnos?
-Pero ¿y si se desenganchara el ancla?
-Imposible. Y aunque se desenganchara, ya sabría Samuel bajar con su globo.
-Pero ¿y si el viento se lo llevase?
-Mala cosa sería; pero, no hagas semejantes suposiciones que nada tienen de agradable.
-No hay nada imposible en este mundo, señor, y es por tanto preciso preverlo todo...
En aquel mismo momento se oyó un tiro.
-¡Oh! -gritó Joe.
-¡Mi carabina! Conozco su detonación.
-¡Una señal!
-¡Un peligro nos amenaza!
-¡A él tal vez! -replicó Joe.
-¡En marcha!
Los cazadores recogieron en un momento la carne que habían asado y empezaron
a desandar el camino, guiándose por las ramas que Kennedy había esparcido con esa
intención. La espesura de la arboleda les impedía ver el Victoria, del cual no podían estar
lejos.
Se oyó un segundo disparo.
-La cosa apremia -dijo Joe.
-¡Otro tiro!
-Eso tiene trazas de una defensa personal.
-¡Corramos!
Y echaron a correr con todo el vigor de sus piernas. Al salir del bosque vieron el
Victoria, con el doctor en la barquilla.


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