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Cinco Semanas en Globo (Julio Verne) - pág.52

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veinticinco millas por hora, pero los viajeros no se percataban de su rapidez, ni siquiera
tenían sensación de locomoción.
Tres horas después, la predicción del doctor se realizaba. Kennedy no experimentaba
ningún escalofrío y almorzó con apetito.
-¡Y que aún haya quien tome sulfato de quinina! -dijo con satisfacción.
-Decididamente -exclamó Joe-, aquí es donde me retiraré cuando sea viejo.
Hacia las diez de la mañana, la atmósfera se despejo. Se hizo un agujero en las nubes,
la tierra reapareció y el Victoria se acercó a ella insensiblemente. El doctor Fergusson
buscaba una corriente que le llevase al noroeste, y la encontró a seiscientos pies del suelo.
El terreno se volvía accidentado, incluso montuoso. Al este, el distrito de Zungomero se
borraba con los últimos cocoteros de aquella latitud.
Luego, las crestas de una montaña se presentaron más acentuadas. Algunos picos se
levantaban en distintos puntos del horizonte. Era preciso vigilar constantemente los conos
agudos que parecían surgir inopinadamente.
-Nos hallamos entre los rompientes -dijo Kennedy.
-Puedes estar tranquilo, amigo Dick, no tropezamos.
-¡Hermosa manera de viajar! -replicó Joe.
En efecto, el doctor manejaba el globo con una destreza maravillosa.
-Si tuviésemos que andar por este terreno encharcado -dijo-, nos arrastraríamos por un
lodo insalubre. Desde nuestra salida de Zanzíbar hasta llegar donde estamos, la mitad de
nuestras bestias de carga habrían muerto de fatiga, y nosotros pareceríamos espectros y
llevaríamos la desesperación en el alma. Estaríamos en incesante lucha con nuestros
guías y expuestos a su brutalidad desenfrenada. Durante el día nos agobiaría un calor
húmedo, insoportable, sofocante. Durante la noche, experimentaríamos un frío con
frecuencia intolerable, y acabarían con nuestra paciencia las picaduras de ciertas moscas,
cuyo aguijón atraviesa la tela más gruesa y es capaz de volver loco a cualquiera. ¡Ya no
digo nada de las bestias salvajes y de las tribus feroces!
-¡Dios nos libre de unas y otras! -replicó simplemente Joe.
-No exagero nada -prosiguió el doctor Fergusson-, pues no se pueden leer las
narraciones de los viajeros que han tenido la audacia de penetrar en estas comarcas sin
que se le llenen los ojos de lágrimas.
Hacia las once pasaban la cuenca de Imengé; las tribus esparcidas por aquellas colinas
amenazaban en vano con sus armas al Victoria, que llegaba, por fin, a las últimas


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