Cinco Semanas en Globo (Julio Verne) - pág.31
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Huelga decir que, a bordo, las conversaciones no tuvieron más objeto que la expedición
del doctor Fergusson. Tanto viéndole como oyéndole, el doctor inspiraba una confianza
tal que, a excepción del escocés, nadie ponía ya en duda el éxito de la empresa.
Durante las largas horas de ocio del viaje, el doctor daba un verdadero curso de
geografía en la cámara de los oficiales. Aquellos jóvenes se entusiasmaban con la
narración de los descubrimientos hechos durante cuarenta años en África. El doctor les
contó las exploraciones de Barth, Burton, Speke y Grant, y les describió aquella
misteriosa comarca objeto de las investigaciones de la ciencia. En el norte, el joven
Duveyrier exploraba el Sáhara y llevaba a París a los jefes tuaregs. Por iniciativa del
Gobierno francés se preparaban dos expediciones que, descendiendo del norte y
dirigiéndose hacia el oeste, coincidirían en Tombuctú. En el sur, el infatigable
Livingstone continuaba avanzando hacia el ecuador y, desde marzo de 1862, remontaba,
en compañía de Mackenzie, el río Rovuma. El siglo XIX no concluiría ciertamente sin
que África hubiera revelado los secretos ocultos en su seno por espacio de seis mil años.
El interés de los oyentes aumentó cuando el doctor les dio a conocer en detalle los
preparativos de su viaje. Todos quisieron verificar sus cálculos; discutieron, y el doctor
participó en la discusión con toda franqueza.
En general, les asombraba la cantidad relativamente escasa de víveres con que contaba.
Un día, uno de los oficiales le interrogó acerca del particular.
-¿Eso les sorprende? -preguntó Fergusson.
-Sin duda.
-Pero ¿cuánto suponen que durará mi viaje? ¿Meses enteros? Están en un error; si se
prolongase, estaríamos perdidos; no lo lograríamos. Sepan que no hay más de tres mil
quinientas millas, pongamos cuatro mil, de Zanzíbar a la costa de Senegal. Pues bien,
recorriendo doscientas cuarenta millas cada doce horas, velocidad menor a la de nuestros
ferrocarriles, si se viaja día y noche bastarán siete días para atravesar África.
-Pero entonces no podría ver, ni dibujar planos geográficos, ni reconocer el país.
-¿Cómo? -respondió el doctor-. Si soy dueño de mi globo, si subo o bajo a mi arbitrio,
me detendré cuando me parezca bien, sobre todo cuando corra peligro de que me
arrastren corrientes demasiado violentas.
-Y encontrará esas corrientes -dijo el comandante Pennet-.
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