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El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.101

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cercanías, sólo ofrece a la vista un enorme montón de piedras, que se pueden tomar por
ruinas.
Mas en su interior, ¿estaba el castillo tan desmantelado como era de suponer? No. Y al
abrigo de sus sólidos muros, en las construcciones que quedaban intactas, la vieja
fortaleza feudal aún podía alojar toda una guarnición.
Amplias salas abovedadas, cuevas profundas, múltiples corredores, patios cuyo piso
desaparecía bajo las altas hierbas, reducidos subterráneos, a los que no llegaba nunca la
luz del día; estrechas escaleras, abiertas en los espesos muros; casamatas alumbradas por
las troneras de la muralla; torreón central de tres pisos, con departamentos habitables,
coronado de almenada plataforma, todo rodeado de un laberinto de galerías que subían a
la terraza de los baluartes y bajaban hasta los cimientos. Aquí y alla algunas cisternas
donde se recogían las aguas pluviales, cuyo sobrante corría al torrente de Nyad. Largos
túneles, en fin, no obstruidos como se suponía, sino que daban acceso al camino de la
garganta del Vulcano. Tal era el conjunto del castillo de los Cárpatos, cuyo plano
arquitectónico ofrecía un sistema tan complicado como los laberintos de Porsenna,
Lemnos o Creta.
Así como la pasión hacia la hija de Minos atrajo a Tesco, así la pasión más intensa e
irresistible atraía al conde por entre los infinitos obstáculos del castillo. Pero ¿encontraría
el hilo de Ariadna, que guiaba al héroe griego?
Franz no había tenido más que un pensamiento: penetrar en aquel recinto, y allí estaba.
Acaso debía de haberse hecho esta reflexión: ¿por ventura el puente levadizo, levantado
hasta aquel día, había sido echado expresamente para que él pasase? ¿No debía causarle
inquietud el que la poterna se hubiese vuelto a cerrar tras él? -En nada de esto pensaba.
Al fin en aquel castillo, donde Rodolfo Gortz retenía a la Stilla, y sacrificaría su vida por
llegar hasta ella.
La galería en la que Franz se había lanzado era ancha, de alta y aplanada bóveda. La
completa oscuridad que allí reinaba, y su desigual enlosado, no permitían andar con pie
seguro. Franz se aproximo a la pared de la izquierda y la siguió, apoyándose sobre el
revestido salitroso que se descombraba bajo su mano. No se oía más ruido que el de los
pasos del joven, que producían ligeras resonancias.


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