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El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.50

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El puente levadizo,
levantado contra la pared, cerraba la poterna, entre las dos pilastras de piedra, en las que
las armas de los barones de Gortz estaban esculpidas.
El guardabosque estaba, pues, decidido a llevar a lo último la aventura de la expedición.
Sí; y su resolución no se había entibiado con los sucesos de la noche. «Cosa dicha, cosa
hecha.» Como se sabe, ésta era su divisa. Ni la misteriosa voz que le había amenazado
personalmente en el salón del Rey Matías, ni los fenómenos inexplicables de luz y de
sonidos de que acababa de ser testigo, le impedirían entrar en el castillo. Bastábale una
hora para recorrer las galerías, visitar el torreón, y entonces, ya cumplida su promesa,
volvería a tomar el camino de Werst, donde podría llegar en la mañana.
En cuanto al doctor Patak, no era más que una maquina inerte, sin fuerzas para resistir,
ni voluntad para querer. Iría donde se le llevara.
Si caía, sería imposible levantarle.
Los espantosos sucesos de aquella noche le habían reducido a un estado de
embrutecimiento completo, y no hizo ninguna observación cuando el guardabosque,
señalando e1 castillo, le dijo:
-¡Vamos!
Aunque, como ya era de día, el doctor hubiera podido regresar a Werst sin temor de un
tropezón, al través de los bosques del Plesa, máxime cuando ningún provecho sacaría de
quedar junto a Nic, no intentó marcharse; y el no abandonar a su compañero consistía en
que el doctor no tenía ya conciencia de la situación: era un cuerpo sin alma. Así es que
cuando el gúardabosque le arrastró hacia el talud de la contraescarpa del castillo, se dejó
llevar.
Ahora bien: ¿sería posible penetrar en el castillo por otra parte que por la poterna? Esto
era probablemente lo que Nic quería reconocer.
La muralla no presentaba ninguna brecha, ningún hundimiento, ningún hueco que
pudiese dar acceso al interior. Era muy sorprendente que murallas tan viejas estuvieran en
un estado de conservación tan perfecta, lo que debía atribuirse a su espesor.
Elevarse hasta las almenas que le coronaban, parecía un imposible, puesto que
dominaban el foso de unos cuarenta pies de profundidad. Parecía, pues, que Nick Deck,
en el momento de acercarse al castillo de los Cárpatos, iba a encontrarse con obstáculos
insuperables.
Afortunadamente, o desgraciadamente para él, existía por debajo de la poterna una


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