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El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.48

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-¡La campana del castillo! murmuró.
Sí... Era, la campana de la antigua capilla; no era la de la iglesia de Vulcano, cuyo
sonido hubiera llevado el viento en otra dirección.
Y he aquí que aquellos tañidos se tornan más precipitados; la mano que hace sonar la
campana no toca a muerto. No; es un toque rápido, cuyos ecos repercuten en la frontera
transilvánica.
Al oír aquellas lúgubres vibraciones, entróle al doctor un miedo convulsivo; terrible
angustia, espanto irresistible, que le hizo temblar de pies a cabeza.
El guardabosque ha despertado al ruido de la campana.
Se pone en pie, en tanto que el doctor Patak parece como que ha vuelto en sí. Nic Deck
escucha atentamente, y trata de penetrar con sus miradas las espesas tinieblas que cubren
el castillo.
-¡Esa campana! ¡Esa campana! repite el doctor Patak., ¡La toca el Chort!
Decididamente, el pobre doctor, enloquecido por completo, cree entonces en el diablo.
El guardabosque, inmóvil, no le respondió.
De repente, unos rugidos semejantes a los que arrojan las sirenas marinas a la entrada
de los puertos, se desencadenan en ondas, tumultuosas.
El espacio está conmovido en una extensa zona por sus soplos ensordecedores.
Después, una claridad sale del torreón central: una claridad intensa, que lanza
resplandores de penetrante viveza y destellos que ciegan.
¿Qué foco produce esta poderosa llama, cuyas irradiaciones se extienden en inmensas
sabanas en la superficie de la meseta de Orgall? ¿De qué horno se escapa aquel manantial
fotogénico que parece abrasar las rocas, al mismo tiempo que las llena de lividez extraña?
-¡Nic, Nic! exclamó el doctor. ¡Mírame! ¿No soy, como tú, un cadáver?
En efecto: el guardabosque y él habían tomado un aspecto cadavérico; la cara
descolorida, los ojos marchitos, las órbitas agrandadas, las mejillas verdosas con tonos
parduscos, los cabellos semejantes a esos musgos que crecen, según la leyenda, sobre el
cráneo de los ahorcados,
Nic Deck está estupefacto de lo que ve y de lo que oye. El doctor Patak, en el último
grado de espanto, tiene los músculos contraídos, el pelo erizado, la pupila dilatada y el
cuerpo preso de un espasmo tetánico. Como dice el poeta de las Contemplaciones,
«respira temor».
Un minuto, un sólo minuto duró este espantoso fenómeno. Después, la extraña llama se
apagó gradualmente, los atronadores mugidos se extinguieron, y la meseta de Orgall,


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