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El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.44

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la res bajo la maza del carnicero.
Nic Deck apenas sentía la fatiga de tan ruda ascensión. De pie, inmóvil, devoraba con
la mirada, el castillo de los Cárpatos, al que nunca se había aproximado. Ante sus ojos se
extendía un muro almenado; defendido por foso profundo, y cuyo único puente levadizo
estaba levantado contra la poterna encajada en un marco de piedra. En torno del muro, y
en toda la superficie de la meseta, todo estaba tranquilo y silencioso. La penumbra del
crepúsculo permitía abrazar el conjunto del castillo, que se dibujaba confusamente en las
sombras. A nadie se veía sobre el parapeto, a nadie sobre la plataforma del torreón, ni
sobre la terraza circular del primer piso... Ni un hilo de humo se esparcía en torno de la
extravagante veleta comida de nloho secular...
-Y bien, guardabosque, preguntó el doctor Patak: ¿convendrás en que es imposible
franquear ese foso, ni bajar el puente levadizo, ni abrir la poterna?
El joven no respondió. Estaba pensando que sería preciso hacer alto ante la muralla. En
medio de aquella oscuridad, ¿cómo bajar al fondo del foso y subir por el escarpado muro,
para penetrar en la fortaleza? Sin duda lo más prudente era esperar el alba a fin de obrar
en plena luz.
Lo cual fue resuelto, con gran contrariedad por parte de Nic, y gran contento por parte
del doctor Patak.

CAPÍTULO VI

El cuarto menguante de la luna, cuall brillante luz de plata, había desaparecido poco
después del sol. Algunas nubes venidas del Oeste fueron extinguiendo poco a poco los
úlltimos resplandores del crepúsculo. La sombra iba invadiendo el espacio, subiendo su
negrura desde la falda de la pendiente. El anfiteatro de montañas llenábase de tinieblas, y
la silueta del castillo se fue borrando bajo aquel negro crespón.
Si bien la noche amenazaba ser oscurísima, nada, en cambio, indicaba que fuese
turbada la calma por meteoro atmosférico, huracán, lluvia o tormenta. Podían, pues,
tranquilos acampar al aire libre Nic Deck y su compañero.
Sobre la árida meseta de Orgall no había un sólo árbol. Tan sólo acá y allá veíanse
algunas matas inhospitalarias por la frescura de la noche. Allí todo era rocas, unas medio
hundidas, otras en tan difícil equilibrio, que un pequeño impulso hubiese sido bastante


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