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El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.42

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-Y cuenta que nada te he dicho de los encuentros con los osos en las cercanías de la
meseta de Orgall . . . .
-Yo tengo mi fusil, y vos vuestra pistola para defenderos, doctor.
-Pero si la noche se echa encima, podremos perdernos en la oscuridad.
-No, porque entonces tendremos un guia, que espero no nos abandone.
-¿Un guía? preguntó el doctor.
Y se levantó bruscamente para dirigir en torno una inquieta mirada.
-Sí, respondió Nic Dock, y ese guía es el torrente del Nyad. Bastará remontar su
margen derecha para llegar a la cúspide de la meseta en donde nace. Pienso, pues, que
dentro de dos horas veremos el castillo, si no tardamos en ponernos en, camino.
-¡En dos horas, si no es en seis! replicó el doctor.
-Vamos, ¿estáis presto?
-¿Ya... ya... Nic? Apenas si hemos descansado unos minutos.
-Algunos minutos que hacen media hora larga. Por última vez: ¿estáis presto?
-¡Presto! ... ¡Cuando me pesan las piernas como si fuesen de plomo!... Ya
comprenderás que no tengo tus piernas de guardabosque, Nic Deck. Llevo los pies
hinchados en estas botas, y es una crueldad que-me obligues a seguirte.
-¡Vaya! Me estáis fastidiando, Patak. Sois libre de marchar... ¡Buen viaje!
Y Nic se levantó.
-¡Por amor de Dios, Nic! exclamó el otro: escúchame.
-¡Escuchar vuestras majaderías! ...
-Vamos a ver. Puesto que ya es tarde, ¿por que no quedarnos al abrigo de estos árboles?
Mañana al amanecer partiríamos, y tendríamos toda la mañana para llegar a la meseta.
-Os repito, doctor, que mi intención es pasar la noche en el castillo.
-No, no lo harás, Nic. Yo sabré impedírtelo.
-¡Vos!
-Me agarraré a ti, te arrastraré; te pegaré, si es preciso.
El desgraciado doctor no sabía lo que decía. Níc Deck ni le respondió siquiera; y
después de haberse puesto el fusil en bandolera, dio algunos pasos en direccoión a la
ribera del Nyad.
-¡Espera, espera! exclamó lastimeramente el doctor. ¡Diablo de hombre! ... ¡Un
instante! ... Tengo las piernas entumecidas. Mis articulaciones no funcionan...
Pero no tardaron en funcionar, porque el ex-enfermero no tuvo más remedio que echar
a correr con sus piernecillas cortas, para reunirse al guardabosque, que no hacía ánimo le
volverse.
Eran las cuatro. Los rayos del sol, iluminando la cúspide del Plesa, que no tardaría en
ocultorlos, proyectaban su oblicua luz sobre las altas ramas de los abetos.


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