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El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.39

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de, troncos y raíces con los que tropezaba cuando no se hundía en un hoyo, húmedo y
blanducho, lleno de hojas caídas que el viento no había podido barrer. Infinitas vainas de
legumbres estallaban como fulminantes, con gran asombro del doctor, a quien inquietaba
aquella, especie de tiroteo: volvíase a mirar a derecha e izquierda, asustado, cuando algún
sarmiento se agarraba a su ropa como una uña que quisiera retenerle.
¡Decididamente el buen doctor Patak no las tenía todas consigo! Pero ya metido en
faena, no se atrevía a volverse solo desde allí; así es que se esforzaba por no separarse
mucho de su intratable compañero.
A veces aparecían entre la espesura del bosque caprichosas claras como dibujos
iluminados, por donde se veía el cielo. Bandadas de cigüeñas negras, turbadas en su
soledad, escapaban de las altas copas y huían dando enormes aletazos.
El atravesar aquellas pequeñas claras hacía aún más penosa la marcha. Estaban
derribados como en gigantesco juego de jonchets , los árboles tronchados por las
tormentas o caídos de viejos, cual si el hacha del leñador los hubiese herido de muerte.
Veíanse allí troncos desmesurados y carcomidos, de los que fuera imposible sacar una
astilla ni ser transportados al Sil para su acarreo. Ante semejantes obstáculos, no les
faltaba que hacer a Nic Deck y su compañero. Si el joven guardabosque era ágil y
vigoroso, en cambio el doctor Patak, con sus piernas cortas y su crecido abdomen,
sofocado y jadeante, caía a cada paso, llamando en su auxilio a su compañero.
-¡Ya verás Nic, cómo acabo por romperme algo! decía.
-¡Ya os lo arreglaréis vos mismo!
-¡Vamos a ver, Nic, sé razonable! ... ¡No hay que luchar contra el imposible!
Pero Nic Deck, entretanto, ya se le había adelantado, y no obteNicndo respuesta el
doctor, se apresuraba a reunirse al mozo.
Ahora bien: la dirección que llevaban hasta entonces, ¿era realNicnte la que convenía
para salir frente al castillo? Difícilmente se hubieran dado cuenta de ello. Sin embargo,
puesto que el terreno iba siempre subiendo, era evidente que habían de llegar al límite del
bosque, como llegaron a cosa de las tres de la tarde.
Desde allí hasta la meseta de Orgall extendíase la cortina de árboles verdes, más
escasos ya, a medida que la vertiente iba ganando en altura.


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